Me da la mano y me conduce hasta la piedra, me muestra su mirada de actinia y luego se desnuda, moja mis labios con un sabor a frutas incendiadas, ata sus pies a mi cintura, se agita como una cabellera que desova bajo el agua, en mar su vientre se transforma,
me hace el amor quinientos años, y llora.
De “Colores desunidos” Ediorial AbeZetario, 2010