No sabes tú, doncella que a mi dolor te ofreces, que mi alma está cercada de horóscopos fatales? ¿No sabes que en mi copa sólo quedan las heces sacrílegas e impuras del vino de los males?
Si ante la sola angustia de un beso te estremeces, cómo acoger podría tus dones virginales aquél que a las virtudes prefirió tantas veces el goce de los siete pecados capitales?
Huye de mi deseo. La divina serpiente no cabe entre la curva de tu seno incipiente. Yo que soy un fantasma de lo que fui, no puedo
contagiarte de sombra. No quiero que en tus ojos brille una sola lágrima. Huye de los despojos de un corazón en ruinas por donde vaga el miedo.