Cuántas veces, amor, por retenerte puse a tus pies mi juventud rendida. Y cuántas a pesar de estar herida te la volví a entregar por no perderte.
Cuántas veces también, altivo y fuerte, por alcanzar la gracia prometida, me batí frente a frente con la vida, o me hallé cara a cara con la muerte.
Y hoy, cuando mi ilusión vuelve a tu lado trayéndole al misterio de tu hechizo la pluma azul del pájaro encantado,
torna otra vez a mi pupila el lloro al mirar desde el puente levadizo que está cerrado tu castillo de oro.