La Andrómeda del Tiempo, impar en la belleza y el agravio, sobre este rudo peñasco ahora escruta largamente hacia uno y otro brazo de la costa, su flor, su porción de vida, condenada a ser alimento del dragón. Muchos golpes y venenos la tentaron y acecharon una vez; pero desde Occidente oye ahora el rugir de una bestia más salvaje que las demás, más desenfrenada en sus daños, más inicua y más obscena.
¿Es que su Perseo se demora y la libra a sus vehemencias? Pero él, hollando por un tiempo el aire suave como una almohada, suspende sobre ella que se diría abandonada, sus pensamientos,
mientras, desgarrada hasta la angustia, su paciencia crece, luego consigue desarmarla, y nadie lo sospecha con los arneses y hierros de la Gorgona, correas y dientes.
De “Obra poética IV”