En el mismo escenario donde hasta avanzado el siglo los enamorados todavía se buscaban y estrechaban por lo idílico, posándose “cada día sobre la ramita que puede morir”, elevóse gradualmente un marco de gustos crepusculares, por las prostitutas de lujo titilante rococó, baudelaireanas correspondencias,
y allí acechaban las Lou Andreas Salomé, Alma Malher, proponiendo que a partir de sus romances,
exaltación de luminarias en ciernes (el casto Nietzsche, Rilke el joven, atraídos hacia la órbita de un texto diáfano ya la vez temible), caducarían todos los estereotipos femeninos hasta entonces conocidos,
y en trance ya de esfumarse para siempre hasta el más leve rastro del bíblico infundio que asegura que la mujer no tiene potestad sobre su cuerpo.
De “Obra poética IV”