Oír uno su propia sombra

Oír uno su propia sombra

Repeticiones inútiles, verbosidad en pleonasmos, redundancias, tautologías,

garrulerías en las casas amadas amando hasta el mirlo que sobre ellas habla,

ruidos continuados aislándote, los arrullos por sentimientos melancólicos del tiempo otoñal,

cantinelas ensalzando imposibles concordias: que al agua del pozo le sea dado invadir la del río, que la cosecha pasada y la nueva se unan.

Es mantener abierto el pico, no puedan las palabras obstruirlo: como leznas dentro de una bolsa (acaban por romperla).

Es el anverso diáfano de la vida suavizando las áreas hostiles, la de los ojos turbios, balbuceos lastimeros, orejas calientes, vértigos de borrachos.

Es tu cotidiano ensayar, mientras no suena la campana,

no se haya ido la arena del reloj, cómo hacer con discursos de aire que el mundo de los felices y el mundo del desdichado no parezcan distintos. De “Obra poética IV”