Lc. 11, 5
Mejor vecino cerca que hermano lejos, para cuando, de improviso, en tardías horas pedirle el pan de agasajar a tus amigos, y te responda como quien se libra de un importuno y no cae en descortesía, desvergüenza, y aunque tuvieras que golpearle con tesón, no dejarte despedir, asustar desde palabras duras, hasta que por tus manos abiertas, rejas alzadas ante los ojos, se filtre esa luz de la dádiva, tus pasos atravesando cerrojos, reverberación de tus voces haciendo que tiemblen los cuartos.
De no ser así, ¿lo llamarías vecino, o siquiera medio vecino, creerías en tu oportunidad, si no escrita, insinuada por el Evangelista, de que al contar lo recibido, panes y no piedras, haya de haber un número mayor que el que rogaste en préstamo? De “Obra poética IV”