Del emperador que desvalido se adormece en su jardín, tiene algo este anciano a quien súbitamente el deseo, huésped no invitado, vuelve, persiste en sacudirlo.
También se amodorra, y los dos son como gatos, no les importa sino sobrevivir;
pero en su precario retiro el viejo no enhebra canciones, y en lugar de ir entreviendo ejércitos que incendian y destruyen concita sobre él un retorno en procesión de bellezas ahora agrias, cada cual mostrándole la forma de un triángulo allí donde hubo un sexo, todas semejantes a las tardías flores que en el imperial jardín aguardan el invierno. De “Obra poética IV”