¿Cuántas veces morimos? ¿Cuántas veces, desde que caímos del precipicio de la eternidad, hemos muerto? Muerte tierna y florida fue nacer, ser engendrados por el tiempo. Como una exhalación entramos a otra muerte, dulce y punzante, con el primer amor, nunca olvidado. Y el valle de la juventud pronto marchito por borbotones de deseos y sombras, y el exterminio tibio de los días: un río que se cumple al no cumplirse por todas las edades, arrasando y menguando, añadiendo más muertes a la muerte. No, no es verdad: en el último día no morimos. La muerte encuentra sólo los brazos del vacío, la sombra de una ausencia.
De “Donde rompe la noche” Visor, 1994, Madrid