(Tumba de Il tuffatore, Paestum)
Una tumba, una lápida fúnebre y en ella, como perro guardián cerca del amo,
el dibujo de un joven lanzándose al vacío ?finas hebras del aire. Espirales. Columnas.
Un mar lo acoge. ¿Un mar o un cielo adormecido?
El joven cae con lentitud ingrave igual que una promesa que no termina nunca
de cumplirse: nadador que levita en una zambullida hacia la luz.
Ay, tuffatore, estás y siempre vuelves, rebrotas con el Árbol Cenital de inmarchitables ramas
que regalan sus frutos prodigiosos para salvar los dones de la tierra,
el nudo de las noches y los días, la espiral del azar,
el amor y la música ?dos formas diferentes de llamar a lo mismo,
el latido del sol entre el cielo y el mar, la caída y el éxtasis.
Con tu salto la muerte has traspasado.
Todo el espacio abre ante tu vuelo inmóvil.
Profunda tumba azul.
De “A la ilusión final” Renacimiento, 2008, Sevilla