Aquello que llamamos realidad es simplemente el edificio gótico
de una Idea caída sobre la piel delgada del espacio.
Una ilusión que nunca será nuestra,
por ella nos perdemos entre alamedas de fértiles engaños
o celajes que trazan al azar el mundo real, el mundo imaginario:
nombres, rostros, figuras, fechas, ciudades, años y paisajes
de sombra. ¿Existieron? ¿O fueron el destino del vacío y las informes máscaras del tiempo?
Extraño torreón de negra luz, la realidad, como una llamarada
que es superior a todo, más fuerte que el olvido, ilumina la tierra de la ilusión final.
Y su verdad o su mentira abrasa como rayo de sol mirado a cielo abierto
por la ventana azul de un día de verano.
Un resplandor que ciega. Una impasible llama.
Espera de un mediodía absoluto que nunca será nuestro.
De “A la ilusión final” Renacimiento, 2008, Sevilla