A esta líquida luz de las vidrieras la sala de lectura, evanescente, va ensanchando el vacío, crujen los anaqueles con los grandes tomos donde otros, antes que tú, dieron a la penumbra el oro quebradizo de sus sueños. Gira el vacío y corre un viento ácido por entre los pupitres -ataúdes dormidos- y los rostros borrosos de quienes leen, olvidados de todo, en el borde del mundo. La vida se repliega. En la tarde oferente del conocimiento con su terco porqué cunde la nada. La sabia catedral desaparece.
Un susurro de hojas en el libro del Tiempo.
De “Sueño en el fuego” Renacimiento, 1989, Sevilla