Selvas oscuras, fieras alimañas. Dante, con firme compañía, siguió un camino que es ascensión y meta de amor y sufrimiento, hasta el vergel de verdores agudos donde es suave el mirar, la luz no engaña, y una Rosa es el Ojo inmortal del universo.
Pero hoy que las sombras protectoras se alejaron, zarparon en la noche, y bogan entre la nada y el recuerdo de nunca, cuando despiertes de tu largo sueño ¿encontrarás en la otra orilla del río irrebogable la mano del poeta que acompaña, los ojos de Beatriz, la sabia y suave lumbre de Matelda? El círculo a otro abismo de negror se abre.
Bajo una inmensa ausencia, sólo estrellas.
De “Sueño en el fuego” Renacimiento, 1989, Sevilla