Celada hermosa, detrás de cuya estela se me fueron los ojos deslumbrados; viví para ahuyentar la muerte y su cara empolvada con tu gracia de frágil danzarina.
Para esperarte bajo la luna negra del deseo, como sumiso amante, por si acaso venías. Pero tal vez no eres más que eso: una espera en la noche, la espera que se cumple en otra espera, la promesa por siempre demorada. La cita de una ausencia. ¿Cómo tenerte, hechizo delicado, si sé que las palabras más amadas son esas que nadie oye, las más ansiadas son las que nos cuestan al final la vida?
De “Donde rompe la noche” Visor, 1994, Madrid