Ángel de hielo, obelisco mortal, Azrael de los lienzos de bruma, de los ojos voraces en la tiniebla ardiendo, del tacto glacial sobre la carne, y del suave licor del silencio, sobre todo del silencio, con el que nos condenas, día a día, a la tortura blanca del vacío. Ángel cruel de mármol, dura muerte sin fin, proseguirá la lucha, inevitable, mientras la vida no se rinda e interponga su escudo ante tu golpe fiero. Cuerpo a cuerpo, en la noche, en la prolongada noche de nuestro singular combate, tu soledad hambrienta, aterida de sombra, grande y hueca como los ojos de los muertos, va anudando a mi alma la amoratada sábana postrera.
De “Del agua, del fuego y otras purificaciones” Ed. El Bardo, 1983, Barcelona