Ya vague por las calles bulliciosas, ya penetre en el templo populoso, ya me rodeen alocados jóvenes, en mis ensueños sigo estando absorto.
Me digo: pasarán raudos los años y por muchos que aquí nos encontremos, todos iremos a la eterna fosa y para alguno ya llegó su tiempo.
Cuando contemplo el roble solitario, este patriarca de los bosques -pienso- sobrevivió al cruel siglo de mis padres y sobrevivirá a este siglo nuestro.
Cuando acaricio a una tierna criatura pienso que es hora ya de despedirme: te cedo el puesto, florecer te toca, y para mí ya es hora de pudrirme.
Cada día que pasa, cada hora, me he acostumbrado a ejercitar la mente, e intento adivinar cuál de entre ellos será el aniversario de mi muerte.
Y ¿dónde me enviará la muerte el Hado? ¿En la guerra, en la mar, como viajero? ¿O si acaso será, el valle vecino el que reciba mis helados restos?
Y aunque para mi cuerpo inanimado dónde se descomponga igual le sea, yo, más cercano a mi solar querido, de ser posible, reposar quisiera.
Y que a la entrada misma de mi tumba una juvenil vida jugar pueda, y que Naturaleza indiferente con su eterna hermosura resplandezca.
Versión de Eduardo Alonso Duengo