Igual que en esas series de cajas chinas, donde va el espacio acotándose más y más, ciñéndose a una cuadrada almendra de vacío en la que todo es íntimo y sensible a la añorada percepción, el cielo y el suelo, la ciudad, el edificio, la planta, el cuarto, el lecho, son tabiques, progresivos contornos de una carne, última estancia del saber.
No estamos juntos, sino trabados, como maclas de pirita (sistema irregular) que sueñan con que vientres y labios se acomoden, hasta formar el más perfecto sitio de una desesperada situación.
¿Nunca logran los amantes, los diestros en el más hondo menester, su dicha completa? Siglos llevan pretendiéndola, y ahora estoy seguro de que podré, comendador de mármol, traspasar tu pared, ya trabajada por dientes y por uñas.
El aguardo se torna situación: axila, muslo, senos, vientre, confluyen en la encantada grieta donde el tiempo se hace eternidad. Y sigo ahondando en ti, buscando en ti la cifra de todo. Y me arrodillo, y me alzo. Gesticulo como un torpe feliz que encuentra oro y lo admira lucir de gloria, y quiere regarlo con su sangre, para que luzca más prohibido.
¿Es ésta la habitación del hombre? En ella gasto mis años de verdor. El ostensible vacío luz se hace. Nace el mundo de nuevo. Ya probado el fruto está: seremos como dioses.