¡Oh soledad, mi soledad, aroma de la muerte, naufragio del contiguo vivir, cuchillo, llama, que corta, quema el mundo y manos, voces que el mundo alza como alambres para tender los Paños, las banderas limpias de la amistad! ¡Oh soledad, presagio de la tierra movida o de la cal y el canto clausurados! La rueca sigue girando al otro lado de la cretona distendida como una piel que he puesto a secar. y los ramos en que abejas, mariposas quizá, se depositan ajenas a esta caja donde busco en vano el sueño.
¿Soy el mismo? El ala de un instante separa esto que digo de lo que dije cuando dije soy. Y no hablemos del día: encontré piedras sobre las que el silencio reposaba, hojas secas, mojadas por el riego de las nubes, vibrantes hojas verdes, instrumentos ajados, entusiasmos dormidos, humos, lenguas.
¡Oh soledad, mi soledad, la noche no te abandona, el sueño se derrama sobre el clamor atenazado! Vuelco mi tristeza en las sábanas, abrigo mi deseo de Dios entre los párpados, y sigo tiritando de estar solo.
“Port-Royal” 1968