Navegación de la tristeza

Navegación de la tristeza

Acediae impugnationem non declinando fugiendam. Casiano Cuando en el río de soledad que, a veces, nos recorre, un álveo seco, piedras con huella de lavados imposibles, verano interminable de guija al sol, de insecto al sol, de raíz sin esperanza, notamos una barca por la greda, que aventa el polvo con los remos podridos de carcoma, sola bogando, hincando el astillado palo entre costillas de calcinadas reses, es él quien anda.

Y ara acompasadamente en nuestro espanto, contra todos los peces, frente a todos los panes que son objeto de milagro para las extasiadas muchedumbres. Él, es él quien navega entre lo innavegable, forzado del hastío, entre esturiones de granito y lava. Él, él, quien contusiona la brizna pajiza de la caña, la hoja terriza de los álamos, desesperada del ayer que puso su palma al cielo.

Entonces no hay que huir, hay que sentarse a ver pasar las malas horas, la simiente libada por arañas, por escorpiones y por buitres que intentan la corola del esparto, en un invierno sin nieve, para una miel de cieno que en lentas olas cunde.

Entonces detened la fluxión de la arena, orad, decid detente, armaos de los prestigios que aporta la memoria de las flores; desanudad las sogas de los cuellos, que somos para algo, y evaporad la imagen del Maldito evocando al Señor, tres veces puro.