A Alberto Coloma Silva
Tanto soy y más la brizna de saturada espina A cuya sed perenne se acrecientan los desiertos. Sangre adentro y de soslayo iré por consiguiente, Como van las tempestades, Hacia aquel país cerrado a toda mente, País de Khana, cuando al paso, en las sales densas de la muerte, Habré de hablarte, Toda en escombros, ciudad de Balk.
No hay empero reparos de horizontes. ¿En dónde estoy, a dónde me conduce lo inaudito? ¡Oh Príncipe de innumerables plantas y llanuras, A aquella fuerza de soledad me atengo De tu nocturna condición!
Atrás dejé las puertas, las sabanas en aliño. Los que sois de presa; Magnates, caciques de la tierra, empolvados sobrestantes, Velad el campo ausente. Profesores y otras huestes, vosotros los de la especie cotidiana, ya no vivo de vuestra ciencia ensimismada.
Pronto me acusas, Aire desnudo, Doblegas mi ceño, Me das el pánico de lobos aullando bajo la abrupta claridad lunar. Al romper entonces la procesión oscura de esta sangre coagulada, A más de la intrínseca solidez de mi sombra y de mis dientes, ¡Oh selva transparente, Tus vientos primordiales se desprenden de intensa luz En mis recintos!
¡Oh mía de mis años! Las plazas comentadas, los caminos, las edades, Cuánto he recorrido en virtudes de tu imagen trascendente. Como holanes de rocío en torno de tantas frondas agostadas, Mil rumores de tus sienes prevalecen en mi espíritu. Mis gotas caen. El ala irrumpe a través de tus tensos jardines soñolientos. La premura aún De este ser tan secreto y transparente como el néctar de las flores. Allá sin tregua La extensión continua, el fragor de la conquista. El espacio aquél, a brote de epidermis. Tal recibe el eco, en vertientes albas de tu cuerpo, Mandatos consabidos de luz oculta. ¡Oh cuerpo femenino a cuya entrada se extasían las tormentas, Los ciclones!
Al amparo de una lámpara perdida en su esplendor de azufre, Aquí te imploro, en la concentración de mis entrañas, En las caudalosas lunas de mi adviento. Bajo este rotundo cielo atravesado de miradas y de clamores, Más allá de todo ambiente, te escucha mi ansiedad. En la eternidad de mis cenizas se verán las glorias de tu sangre, Las dulzuras de tu empeño.
1944
Bajo el paso incierto y vegetal de angustia, Levanto el polvo de la nada. Toda pupila emerge en esta soledad suspensa, Toda concentración oscura, En violencia tal De hacinamiento y llama pura entre las rocas.
La luna atenta y circundada A su vez aclara Aquel espacio de su prenda Fluente y nemoroso. Atormentados cascos van a mengua Redoblando el eco En mil contornos de la estéril claridad polar.
Único en sí repercute el gemido entre la fronda De un balido incauto. Ventajas cruentas de la selva: Desvalidos pasos del garañón herido Que ya en las turbias aguas del escajo su condición aplaca Su pesar consume. Yacentes ojos a su propia luz ocultos Bajo el ámbito nocturno de este vuelo.
Ver adentro, el cazador también escucha El retiro alado de tanta lejanía inclusa. Y en murmullos que la brisa asume, cuanto más cercanos, se acrecienta el rocío de las fieras.
A aquellas cuencas vuelvo, al conjunto aquél, Saturado y tenso, De fragancia y brotes. Los continuos árboles De vertical sustento, de fiero embate, Allí persisten Como la postrera vibración del aire.
Tantas voces en el eco. ¡Oh luna te reflejas en mi mente! Como el ave en las alturas de su vuelo contenida, Tan solo aún, Noche mía, voy en ti, tan duro de distancias. La pradera de tierno espacio en tanto me recibe, Que en jugos desbordantes de los aires resplandece.
¿Mas, volverá el cedeño pasto a brotar de luces? De lo remoto el ciervo acude A tal empeño de este clamor vedado.
La noche de cerca, y tan desnudo golpe a expensas de mi corazón. ¡Dolorosa mano mía no aciertas a caer suspensa en aquel trasluz de movimiento de tu imprescindible exclamación!
Ya los mares del Oeste como pecho se dilatan: Tanto el vuelo de mis sienes, y el velamen de esta lámpara que levanto a firmamentos, al paso de aguas, a más decir por la anchura de mis párpados.
¡Oh metal tan fresco Bajo el calor del epidermis! ¡Oh clara huella de su tránsito En el campo deseado, en las congruentes potestades de tu sexo! De clamores y destellos me consuma Habiendo de sosegar su desnudez. De sosegarla en la noche de la especie, En brañas del oasis, Con mi aliento cuando en vilo de miradas.
Todo que te arrima en resplandores Que tu condición aplaca de mi ensangrentada consistencia Todo aquello que no se ajusta de palenques y de fronteras familiares. Soledad cumplida. ¡Oh silencio, me retraes -como una implacable roca de durezas en el alma!
¡Menguada luz de escaso asilo! Labios míos, dadme altura en el trance de estas ansias. Mas al borde de riberas semejantes Cuántas aves de este mundo se incorporan, Como el rostro implícito en el fulgor de la visión, Que atraviesan de soslayo la magnitud de las esferas… Por cuanto asumo de mi cuartel de sangre, La baja tierra de brisas se ilumina. Mi cuerpo en tanto a vista se desprende de cenizas, Gimiendo en hontanares de espeso llanto.
Premisas todas de la muerte. Un ay seguido de tinieblas, de esta gota pertinaz del pensamiento. ¡Oh mi sueño entrante en humedad de flores! El espíritu denodado Se arranca de sus perennes paredes lastimosas. Abultados cortinajes, como otras tantas cabelleras de lo oscuro, Y la más ardua noche De presión continua.
Entidad fortuita Que no habré de hallar sino a merced de escombros, En el fragor de la ruptura, Cuando este golpe de mi total caída Apura entradas en la nada.
¡Oh lamento de tu voz en mi espesura! Y esa latente réplica, de néctares y de estambres, al placer que me convida. ¡Oh Tiempo, me defines de presencia y de universo! Hoy cuán bien, ¡oh luz!, aciertas entre tejidos y asperezas, a descontarme espacios, A circundarme de vecindades el corazón.
Vida sin prejuicios cuando de Ella al tanto de sus senos concatenando habré de recibir. Me sostengo en vilo, sin huella entonces, a mayor premura de memorias. En mi boca de ayes. Mi labio amén de vez repercute golpeando lo indecible
Ésta acendrada concentración del alma, ¿En qué cúmulo no obstante de la esfera que me oculta? Hoy mi sentencia, a toda prueba. De un paso mío al consiguiente, ¿Qué distancia de resuelve? Tu propia luz endurecida, Como aquella, a expensas de la nada, claridad conjunta de los universos astros.
Todo vuelo se desprende de tus ansias; Tanto así mi faz en los recónditos espejos que la nombran. La reverberación así del sexo En la extensión de su cabida, Como el clamor de los metales Bajo el lampo de tus cruentas auroras boreales.
Ni vectores, ni herramientas de otra fuerza. Gota a gota la fría lámpara Sobre mi sien persiste. ¡Tus miradas desgreñadas!, ya sus íntimos cristales de violencia me golpean A merced de tu estatura. Vertientes todas de mi lecho. El deseado cuerpo a su poder de luz se entrega, A sus mejores aguas. Tal es mi consumo, De transparencias tuyas y señales en el retiro incalculable de los astros. Allá en demora, Amada mía, Por cuentas y sabores de tu amor que concertar. Y los terrestres años se deciden, en trances de mi prenda, Hacia el extremo vértice de profundidad apetecido.