en esta medianoche que zozobra. A decir verdad oigo golpear, pasos insólitos golpear la pesantez de la sombra. Temibles, inesperados, estos pasos cuya gravedad sonora me estremece hasta en la intimidad más guardada de mi espíritu. Vestido de púrpura me suspendo perplejo en esta medianoche que zozobra.
El cielo, en su fluidez mental, persiste en reconstruirme las modulaciones de este llamado. Mis ojos se empañan de lágrimas. ¡Es Ella, pero Ella! sin lugar a dudas. ¡Ella! Y toda la luna, desde lo alto de los viejos bosques, desde lo alto de las noches, despliega su helada sobre mi pensamiento.
El recuerdo endurece de negro las puertas, Sin embargo, en esta invernal quietud, yo me ciño a acechar y esperar -cuando todo alrededor, en la gran noche de estrellas heladas, todo alrededor desfallece la flora- A acechar el sombrío espacio de noche -hasta que el último lobo, con trote furtivo, recobra su cubil perdido.
Muchos pájaros, nacidos de muchas arcanas comarcas, Los oigo golpear en la corriente endurecida del cristal iluminado. Y mi frente se despliega en este deseo de las aguas que mecen la diafanidad visual de los sueños.
El viento del cielo me estremece en el más solemne párpado. Y ningún Espíritu errante se mostraría esta noche, por nada del mundo, en este lugar desierto en donde mi desastre lo llama. Ningún Espíritu, en tanto que la noche se revela maldita y pesada y llena de témpanos fúnebres: la última estación del polo.
Yo yacía extendido allí, con todo mi cuerpo, allí en la sombría soledad de mis pensamientos, Cuando esos pasos, de golpe sentidos en lo invisible, de golpe vinieron a definir mi cielo. Con gran estrépito abrí entonces la puerta, y la abrí, de repente: primera sobre esta comarca nueva que perturbo.
He aquí pues a la luz mis manos, en la blancura nocturna de mi frente. En sus alientos, mis manos: líquidas y transparentes de la leche filtrante de este llamado. Mi Amor, yo te espero en la totalidad pura de tu presencia.
Y la puerta en la noche se abrió, de repente, de un solemne batiente, que ella dejó, por esta velada lúgubre, en mi corazón derramarse toda la sangre de tu belleza. . ¡Y tus senos sobre mí! y sus sedas lunares derramaron tal extraña blancura sobre mí, En el ala líquida de mi carne, sobre mí: para encantar mi espíritu, el espacio y la duración, ¡oh lágrimas! a morir. De este hecho, mi Amor, vences todo tropiezo, toda atadura, todo estado anterior de ley,
Me respondes en el delirio y los perfumes, Mis manos te envuelven en el llamado y mi temblor te busca por todos lados en la eternidad triunfal de tus brazos, en la blancura sobre mi, de toda tu carne sobre mí.
Mi cabeza aturdida rueda a la sombra dulce de tus miradas. Me has tomado en la fuerza tórrida de tu clima, ¡Oh Sin par! en la carne misma de tu presencia. Tu boca me ha tomado, Y caigo pesado y verdadero en las columnas primordiales de tu sangre.
Mi Amor, te llamo, y tu vientre ilimitado brilla con el más tierno resplandor en la boca ávida de mis caricias. Y de tu carne amada, vuelvo, ciego vuelvo en el insostenible vértigo. Tu carne en el centro abierto de mis entrañas. ¡Tu carne en el absoluto de mi exilio!
Te llamo, Mi Amor, ¡oh Tú! Muero, esta noche, en la árida fraternidad de las arenas, esta noche colmada de astros y de jardines. Pero de tu cuerpo fiel, y de tu sangre en la memoria activa de mis pensamientos, pero de Ti lustral, de ti y de tu desnudez nupcial en mí, Mi Amor, ¡el deslumbrante sol jamás se extinguirá! Versión de Cristina Burneo y Verónica Mosquera