I Yo, pecador, a orillas de tus ojos miro nacer la tempestad.
Sumiso dardo, voz en la espesura, incrédulo desciendo al manantial de gracia; en tu solar olvida el corazón su falso testimonio, la serpiente de luz y aciago fallecer, relámpago vencido en la límpida zona de laúdes que a mi maldad desplega tu ternura.
Elegida entre todas las mujeres, al ángelus te anuncias pastora de esplendores y la alondra de Heráclito se agosta cuando a tu piel acerca su denuedo.
Oh, cítara del alma, armónica al pesar, al luto hermana: aíslas en tu efigie el vértigo camino de Damasco y sobre el aire dejas la orla del perdón, como si ungida de piedad sintieras el aura de mi paso desolado.
María te designo, paloma que insinúa páramos amorosos y esperanzas, reina de erguidas arpas y de soberbios nardos; te miro y el silencio atónito presiente pudor y languidez, la corona de mirto llevada a la ribera donde mis pies reposan, donde te nombro y en la voz flameas como viento imprevisto que incendiara la melodía de tu nombre y fuese, sílaba a sílaba, erigiendo en olas el muro de mi salvación. Hablo y en la palabra permaneces. No turbo, si te invoco, el tranquilo fluir de tu mirada; bajo la insomne nave tomas el cuerpo emblema del ser incomparable, la obediencia fugaz al eco de tu infancia milagrosa, cuando, juntas las manos sobre el pecho, limpia de infamia y destrucción de ti ascendía al mundo la imagen del laurel.
Petrificada estrella, temerosa frente a la virgen tempestad.
II Aunque a cuchillo caigan nuestros hijos e impávida del rostro airado baje a ellos la furia del escarnio; aunque la ira en signo de expiación señale el fiel de la balanza y encima de su voz suspenda el filo de la espada incandescente, prolonga de tu barro mi linaje -contrita descendencia secuestrada en la fúnebre Pathmos, isla mía- mientras mi lengua en su aflicción te nombra la primogénita del alma.
Ofensa y bienestar serán la compañía de nuestro persistir sentados a la mesa, plática y plática en los labios niños. Mas un día el murmullo cederá al arcángel que todo inmoviliza; un hálito de sueño llenará las alcobas y cerca del café la espumeante sábana dirá con su oleaje: “Aquí reposa en paz quien bien moría”.
(Bajo la inerme noche, nada dominará el turbio fragor de las beatas, como acordes: “Ruega por él, ruega por él…”)
En ti mis ojos dejarán su mundo, a tu llorar confiados: llamas, ceniza, música y un mar embravecido al fin recobrarán su aureola, y con tu mano arrojarás la tierra, polvo eres triunfal sobre el despojo ciego, júbilo ni penumbra, mudo frente al amor.
Óleo en los labios llevarás mi angustia como a Edipo su báculo filial lo conducía por la invencible noche; hermosa cruzarás mi derrotado himno y no podré invocarte, no podré ni contemplar el duelo de tu rostro, purísima y transida, arca, paloma, lápida y laurel. Regresarás a casa, y si alguien te pregunta, nada responderás: sólo tus ojos reflejarán la tempestad.
III Ruega por mí y mi impía estirpe, ruega a la hora solemne de la hora el día de estupor en Josafat, cuando el juicio de Dios levante su dominio sobre el gélido valle y lo ilumine de soledad y mármoles aullantes.
Tiempo de recordar las noches y los días, la distensión del alma: todo petrificado en su orfandad, cordero fidelísimo e inmóvil en su cima, transcurriendo por un inerte imperio de sollozos, lejos de vanidad de vanidades:
Acaso entonces alce la nostalgia horror y olvidos, porque acaso el reino de la dicha sólo sea tocar, oír, oler, gustar y ver el despeño de la esperanza.
Sola comprenderás mi fe desvanecida, el pavor de mirar siempre el vacío y gemirás amarga cuando sientas que eres cristiana sepultura de mi desolación.
Fiesta de Pascua, en el desierto inmenso añorarás la tempestad.