Anoche, al abrir los ojos para apartarme de la boca un cabello, la mirada que luego alcé por encima del hombro de mi amante -inexplicable reflejo– tuvo que detenerse cuando ya iba a salir al pasillo.
Usted, apoyado en el quicio de la puerta, se reía de mí.
(Y sus labios como girasoles inversos rehuyeron la sudorosa luz del cuarto.)