Anoche...

Anoche…

Anoche, al abrir los ojos para apartarme de la boca un cabello, la mirada que luego alcé por encima del hombro de mi amante -inexplicable reflejo– tuvo que detenerse cuando ya iba a salir al pasillo.

Usted, apoyado en el quicio de la puerta, se reía de mí.

(Y sus labios como girasoles inversos rehuyeron la sudorosa luz del cuarto.)