Antes, nunca hubo el silencio necesario entre abrazo y abrazo para advertir el parpadeo de esta guillotina que hoy, al rozar por sorpresa mi nuca con sus manos de lejía me ha puesto los ojos amargos.
Yo misma no me oigo cuando grito. Querría huir. Pero ya es tarde: las sábanas se han convertido en agua cenagosa mezclada con pegamento.
Y dentro de poco, como esa cosa horrible siga detrás de mí y usted continúe dormido, me moriré de risa ante el retrato de Leonardo que tengo enfrente de mi cadáver.