En un banco...

En un banco…

En un banco, meneando aburrida mis zapatos de bruja, yo veía al invierno entrar y salir, flirtear con el aire y sentarse finalmente a mi lado. (Otro -pensé- que tampoco tiene nada que hacer esta tarde.)

Ya me iba a levantar cuando descubrí su espalda en la ventana de enfrente. Usted hablaba con alguien.

Y en ese mismo momento -Ios libros, cómo no, resbalaron patosos desde la falda hasta el suelo- se volvió a mirarme.