Entonces el beso conocía el norte y el sur, el este y el oeste de toda cartografía como si antes de labio en medio de la lluvia hubiera sido rosa de los vientos o brújula del corsario de los siete mares. Nada estaba preparado -dormían las leyendas su sueño abisal- y sin embargo no cabía margen alguno de error: cada noche atracaba en su alborada, cada zozobra en su bahía, cada deseo en su rompeolas. Así era el amor, volver a casa con la red llena de certidumbres nunca un naufragio en alta muerte silenciosa como ahora.