Nunca más volviste

Nunca más volviste

Nunca más volviste, Daniel.

Desde entonces ya no hubo patio ni baúles con especias, ni la luz posó sus labios en los membrillos del aparador.

Y en vez de tu cuerpo fue la fiebre, la humedad, el tremendo cansancio fluyendo de los frascos de perfume.

Por la tarde se me cala el cabello en un charco de polvo.

Por la noche agrietaba con los nudillos el ventanal de mi cuarto. De “El libro de Tamar”