Señor...

Señor…

Señor, usted no lo sabe y sin embargo sus arrugas, tersándome la mañana, me han obligado a iniciar una huelga de novios desde que lo conozco.

Y hoy -mientras los dos nos mirábamos de reojo, cada uno en un extremo de la barra-, mi guedeja más anarquista ha optado definitivamente por afiliarse a sus ojos