Usted se ha ido. Pero tampoco conviene dramatizar las cosas.
Cuando salgo a la calle, aún me quedan muchas tapas risueñas en el tacón, y mis medias de malla consiguen reducir la cintura de la tristeza si su ausencia va silenciándome en una resaca de escarcha.
O sea, que no estoy tan mal. Porque yo podré ser de vez en cuando un eclipse. Pero nunca un eclipse sin sangre de luz.