Meditación sobre los muertos

Meditación sobre los muertos

Ved las hojas que ya no tienen savia y que caen encima de la hierba; ved el viento que se alza con su voz gemebunda, que suena por el valle; ved también la viajera golondrina que roza con las puntas de sus alas el agua adormecida del pantano; ved al niño que vive en una choza y que va a recoger entre los brezos esas ramas caídas de los bosques.

Ya no se oye el murmullo de las aguas que encantaba a las fuertes arboledas; bajo ramas que no tienen verdor han perdido los pájaros su voz; el crepúsculo está cerca del alba; apenas nace el sol a nuestros ojos cuando va a terminar su recorrido; antes de su final aún nos depara claridades muy pálidas y breves a las que llamaremos todo un día.

No se siente ya el céfiro en la aurora bajo sus nubes de color dorado; y el rojo del crepúsculo se muere sobre el agua incolora de la tarde. El mar está vacío y solitario, le vemos como un árido desierto en el cual no hay ni sombra de un esquife; y con sordo sonido allí en la playa las olas borrascosas y tardías no son más que un murmullo quejumbroso.

La oveja que recorre las colinas a su paso no encuentra hierba alguna; su cordero ha dejado entre las zarzas las lanosas guedejas que le visten; la flauta de la música campestre ya nunca más alegrará el hayedo con tonadas de júbilo o de amores; han cortado la hierba de los campos: ved cómo acaba un año, ved también cómo acaba en tristeza nuestra vida.

Es ésta la estación que todo troncha por la fuerza impetuosa de los vientos; un aquilón que viene de la tumba siega también a todo ser viviente; se desploman entonces por millares como si fueran esa pluma inútil que el águila abandona mientras vuela cuando otras plumas nuevas han nacido que calientan sus alas otra vez al acercarse el frío del invierno.

En ese tiempo fue cuando mis ojos palidecer os vieron y morir, ¡oh tiernos frutos que no quiso Dios dejar que madurasen a la luz! A pesar de ser joven, en la tierra me he convertido ya en un solitario entre aquellos que son de mi edad misma. Y cuantas veces llego a preguntarme: ¿Dónde están los que ha amado el corazón? la mirada se vuelve hacia la hierba.

En aquella colina está su tumba, bien conocen mis pies este camino; pero, Señor, su esencia que es divina, ellos mismos, Señor, ¿están allí? Hasta las tierras indias tan lejanas una paloma lleva su mensaje, y acaba por volver hasta nosotros. La vela cruza el mar y al fin regresa. Mas del estrecho espacio que ahora ocupan jamás puede volver el alma suya.

Pero, ay, cuando los vientos del otoño silban entre el ramaje ya desnudo, cuando tiemblan las briznas de la hierba, cuando oímos la música del pino, cuando el doblar de la campana oscura» deja oír sus lamentos funerarios, en la noche y en medio de los bosques, a cada viento que levanta el soplo, a cada ola que muere entre los guijos, yo pregunto: ¿No sois su voz acaso?

Al menos, si su voz siendo tan pura es a nuestros sentidos inaudible, sé que su alma en secreto me murmura más íntimos acentos todavía. En unos corazones que dormitan los recuerdos de antaño al despertar se agolpan tumultuosos, en tropel, como unas hojas secas y sin vida que vuelven a traer esas tormentas al tronco que las tuvo entre en sus ramas.

Es una madre que maravillada a sus hijos dispersos para siempre desde la otra ribera de la vida tiende brazos que un día los mecieron; hay besos que florecen en su boca; sobre el pecho que un día fue su cuna su corazón a sí vuelve a llamarlos; hay lágrimas que empañan su sonrisa, y les dice mil veces su mirada: ¿Es que hay alguien que os ame como yo?

O es acaso una joven desposada con corona nupcial sobre la frente que se llevó tan sólo un pensamiento de lo que era ser joven a la tumba. Y que, ay, está triste hasta en el cielo, para volver a ver a aquel que ama, y retorna hacia él para decirle: ¡Mi tumba está cubierta de verdor! En esta tierra que es como un desierto, dime, ¿qué esperas? ¡Yo no estoy contigo!

O es tal vez un amigo de la infancia que en los días oscuros de desdicha nos prestó la benigna Providencia como sostén de nuestro corazón; ya no está aquí, nuestra alma es como viuda; sigue los pasos de tan dura prueba y nos dice movido a compasión: Amigo, si en tu alma ya rebosa el júbilo o acaso la aflicción, ¿quién comparte contigo todo eso?

Es la sombra muy pálida de un padre que murió pronunciando nuestro nombre; o es tal vez una hermana o un hermano que anticipan sus pasos a los nuestros. Bajo el techo de nuestra feliz casa, con aquel que ahora llora por su ausencia, ¡ay, parece que ayer aún dormían! Y el corazón no sabe si creer que el gusano devora en el sepulcro esta carne que es carne también mía.

O el niño cuya muerte tan cruel una cuna vacía deja pronto, y cae de los pechos de su madre a la helada yacija de la tumba. Todos aquellos, pues, cuya existencia se nos arrebató un día u otro, llevándose una parte de nosotros, murmuran desde el polvo que los cubre: ¡Oh vosotros que veis aún la luz! ¿os acordáis tal vez de los ausentes?

Ah, sé bien que lloraros es la dicha suprema, espíritus amados, de quien puede llorar. Si os olvido me olvido de mí mismo también. ¿Es que no sois acaso como un pecio de mi alma?

A medida que andamos en el viaje sombrío es más bello el paisaje del pasado feliz. Y partida por dos se divide nuestra alma, y la parte mejor pertenece al sepulcro.

Dios benigno, su Dios, oh tú, Dios de tus padres, tantas veces nombrado por su boca silente, mira ahora las lágrimas de sus rostros fraternos, ¡oh, recemos por ellos, que nos dieron su amor!

Ellos te suplicaron en su vida tan corta, sonreían también cuando Tú les heriste; exclamaron: Bendita sea siempre tu mano. Oh, Dios, toda esperanza, ¿no les vas a ser fiel?

Y no obstante, ¿por qué este largo silencio? ¿Es que acaso nos han olvidado del todo? ¿Ya no pueden amar? ¡Ah, esa duda te ofende! ¡Oh, Dios mío, Tú que eres todo amor para siempre!

Pero si ellos hablasen al mortal que les llora, si pudieran decirnos lo dichosos que son, viviríamos antes lo que Tú nos preparas, volaríamos antes de tu día hacia ellos.

¿Dónde viven? Di, ¿qué astro ilumina sus ojos con fulgores perennes y más dulces que el sol? ¿Van acaso a poblar esas islas de luz? ¿O se quedan flotando entre el cielo y nosotros?

¿Es que están anegados en el fuego eternal? ¿Han perdido los dulces nombres de nuestra tierra, esos nombres de hermana o de amante o de esposa? ¿Por qué a nuestras llamadas no responden jamás?

No es posible, Dios mío, si la gloria celeste les hubiese borrado los humanos recuerdos, Tú también nos quitaras su memoria en nosotros; ¿es que en vano vertemos nuestro llanto por ellos?

¡Ah, que se pierda su alma en tu seno divino, pero que conservemos en su pecho un lugar! Ya que antaño gozaron de lo que es nuestro júbilo, sin su dicha jamás vamos a ser felices.

¡Oh, sí, extiende sobre ellos esa mano clemente! Es verdad que pecaron, pero el cielo es un don. Y sufrieron también, y ésta es otra inocencia. Y al amar les selló el perdón de los cielos.

Fueron lo mismo que nosotros somos, sólo polvo y juguete de los vientos. Frágiles como siempre son los hombres, débiles como ha de ser la misma nada. Si sus pies a menudo tropezaron, si sus labios pudieron transgredir algún punto concreto de tu ley, ¡Oh Padre, oh Juez supremo, te lo ruego, ah, no veas en ellos cómo son, ve solamente en ellos a ti mismo!

Si remueves el polvo de los cuerpos el polvo será nada ante tu voz. Y si alargas la mano hacia la luz su falsedad te manchará los dedos. Si tus ojos divinos sondearan los hombres, las columnas de este mundo y del cielo verías que retiemblan; si dijeses un día a la inocencia: Sube a la altura a defender tu causa, velarían su rostro tus virtudes.

Pero, Señor, sé bien que Tú posees una inmortalidad que es algo propio. Toda la dicha que Tú das a otro no hace más que aumentar tu propia dicha. Tú dijiste al sol: brilla sobre el mundo y la luz se derrama todavía. Tú dijiste a los tiempos que engendraran, y dócil a tu voz la eternidad hizo siglos y siglos por millares, sin tregua sucediéndose hasta hoy.

Los mundos que Tú quieres restaurar sin fin rejuvenecen ante ti, no separas jamás ante tus ojos el tiempo del pasado y el futuro. Eres la vida, vives, las edades que para tus hechuras son distintas, para ti son iguales, son lo mismo. Y tus labios jamás han pronunciado ay, estas tres palabras tan humanas: que decimos: ayer, hoy y mañana. ¡Oh, Tú, Padre de la naturaleza, abismo y manantial de todo bien, nada puede medirse por ti mismo!

Más, ay, no quieras Tú medirte a nada. ¡Oh, divina clemencia, te suplico que si pesas la nada no te olvides de echar todo tu peso en la balanza! ¡Oh, suprema virtud, triunfa, pues, contemplándote a ti en toda virtud, oh, sí, triunfa al querernos perdonar!