¿Por qué, pues, pronunciar ese nombre de patria? En su exilio brillante se estremece mi pecho y resuena de lejos en el alma afligida como lo hacen los pasos o la voz de un amigo.
¡Oh montañas veladas por la niebla de otoño, valles que entapizaban las escarchas del alba, sauces cuya corona deshojaba la poda, viejas torres doradas por el sol de la tarde,
muros negros del tiempo, lomas, cuestas abruptas, manantial donde van a beber los pastores, gota a gota esperando aguas raras y límpidas, con sus urnas dispuestas mientras hablan del día!
Choza que hace brillar el fulgor de la lumbre y que amaba el viajero por humear a lo lejos, sólo objetos, ¿o acaso tenéis alma también que se pega a nuestra alma y a la fuerza de amar?
Yo vi cielos azules cuya noche es sin brumas, toda de oro hasta el alba bajo un brillo de estrellas que en su curva infinita redondeaban la cúpula de cristal que jamás ha empañado algún viento.
Y vi montes cargados de limones y olivas reflejar en las aguas sus inquietos perfiles; y en sus valles profundos al impulso del céfiro balancearse la espiga y la cepa madura;
en los mares que apenas son un leve murmullo vi del agua luciente la ondulante cintura apretando y soltando en sus pliegues azules de sus riscos mellados los contornos inciertos
extenderse en el golfo como mantos de luz, y blanqueando el escollo con sus flores de espuma llevar hasta lo lejos de un poniente rojizo islas» que eran el lecho como de oro del sol;
allí abriéndose a mí me mostraban sin límite todo un mar infinito donde habita el misterio; vi las cumbres altivas, cual del aire pirámides, donde estío fundía el abrigo invernal,
descendiendo en peldaños hasta el fondo de valles con laderas pobladas por aldeas y frondas, con picachos y rocas que se yerguen, bajando en pendientes de hierba para huir deslizándose,
mientras curvas humeantes, con un ruido de trueno sus torrentes de espuma y sus ríos en polvo, en sus flancos que son ya de luz ya de sombra, con oleadas oscuras y con islas radiantes,
se ven valles profundos caros al soñador, ascendiendo, bajando y ascendiendo otra vez, y allí desde la raíz de sus amplias murallas, entre abetos y robles por la tierra esparcidos,
en los lagos o espejos que a su sombra dormitan dar sus verdes reflejos o su imagen oscura, y en el tibio azul claro de estas límpidas aguas ser la nieve un temblor y algo fluido los cerros.
Visité esas orillas y ese albergue divino que la sombra del vate eligió como tumba, esos campos que pudo la Sibila-” mostrarle, y el Elíseo y Cumas; y a pesar de todo eso no está allí el corazón…
Pero existe también una estéril montaña que no tiene ni bosques ni hontanares, con una cumbre humilde minada por la acción de los años, que por su propio peso día a día se inclina
y que pierde su tierra derramada en barrancos conservando un boj seco de raíz descarnada, con roquedos a punto de caer si los pisa con su pata ligera algún chivo nervioso.
Con el tiempo esos restos al caer han formado como un cerro que mengua y que va escalonándose hasta muros que sirven de pared protectora a unos campos avaros que ha regado el sudor;
unas cepas con brazos que no encuentran sus arces por la tierra serpean o en la arena se arrastran, y hay zarzales en donde el zagal de la aldea coge un fruto olvidado que disputa a los pájaros;
allí ovejas escuálidas de las chozas vecinas ramonean dejando entre espinos su lana. Lugar donde la música de las aguas de estío o el temblor del follaje que sacuden las brisas
o los himnos que entrega el ruiseñor a los aires, no conmueven el pecho ni el oído seducen, sino que bajo un cielo que es de bronce perpetuo la cigarra ensordece con su grito escondido.
Hay en estos desiertos una rústica casa que recibe tan sólo de este monte la sombra, con paredes golpeadas por la lluvia y los vientos, con los musgos antiguos ocultando su edad.
En su umbral pueden verse tres peldaños de piedra y allí puso el azar de una yedra las raíces que mezclando cien veces sus enredos de nudos con sus brazos esconde las injurias del tiempo,
y curvando en un arco sus volutas agrestes es el único adorno de aquel rústico porche. Un jardín que desciende por el flanco de un cerro muestra cara al poniente un sediento arenal.
No sujeta, la piedra que el invierno ha tiznado es el triste jalón del recinto minúsculo. Esa tierra que hieren las azadas exhibe sus entrañas desnudas de la hierba y la sombra;
ni esmaltadas alfombras ni el verdor hecho bóveda, ni un arroyo en los bosques, ni frescor ni murmullo; solamente seis tilos que el arado olvidó, con un poco de hierba extendida a sus pies
dan en tiempo de otoño sombra tibia y escasa, que es más grata a la frente bajo un cielo tan duro; árboles que en sus frondas, en mi infancia feliz, albergaron los sueños más hermosos que tuve.
En aquellos lugares que suspiran por agua hay un pozo en la roca que el frescor nos esconde, y allí el viejo, después, de muy largos esfuerzos, mientras gime descansa su urna sobre el brocal;
la era donde el mayal sobre tierra pisada bate rítmicamente las dispersas gavillas, y la blanca paloma y el humilde gorrión se disputan la espiga que el rastrillo olvidó;
y esparcidas por tierra, herramientas del campo, yugos rotos y carros que duermen bajo porches, ejes ya sin los rayos que quebró la rodada, y la reja inservible que embotaron los surcos.
Nada alivia la vista de su estéril prisión, ni las cúpulas áureas de soberbias ciudades, ni la senda de polvo, ni a lo lejos un no, ni los blancos tejados a la luz de la aurora.
Solamente esparcidos de distancia en distancia los refugios agrestes que los pobres habitan, junto a sendas estrechas que dispuso el desorden, con tejados de bálago y paredes ahumadas,
se ven donde el anciano que se sienta a la puerta, en su cuna de juncos duerme al niño que llora. ¡Una tierra sin sombra, sin colores los cielos, unos valles sin agua! ¡Y allí está el corazón!
Éstos son los lugares, los sagrados parajes de los cuales el alma rememora la imagen, y que forjan de noche mis ensueños más bellos hechizando los ojos con antiguas visiones.
Allí cada momento, cada aspecto del monte, cada ruido que se alza por la noche en los campos, cada mes que retorna como un paso del tiempo, y hace verdes o mustia esos bosques y prados,
y la luna que mengua o que crece en la sombra, y la estrella que asciende por la oscura colina, los rebaños del monte que la escarcha ha expulsado y que vuelven al valle con su andar vacilante,
viento, espino florido, hierba verde o marchita, y la reja en el surco y en los prados el agua, todo me habla una lengua que resuena aquí dentro, con palabras que entienden los sentidos y el alma:
resonancias, perfumes, tempestades y rayos, y peñascos, torrentes, y esas dulces imágenes y esos viejos recuerdos que en nosotros dormitan, que un lugar nos conservan y devuelven más dulce.
Allí está el corazón que se vuelve a encontrar; todo allí me recuerda, me conoce y me ama. Allí abundan amigos en todo este horizonte, en cada árbol releo una historia pasada
y también cada piedra tiene un nombre que es suyo; «¿qué más da que este nombre, como Palmira o Tebas,» no recuerde los fastos de un imperio grandioso ni la sangre vertida a la voz de un tirano
o esos grandes que el hombre llama azotes de Dios? El lugar cuya trama nos cautiva la mente, que aún rebosa de fastos que no olvida nuestra alma, me parece tan grande como el campo glorioso
que fue cuna o sepulcro de un imperio inseguro. ¡Nada es vil! ¡Nada es grande! Todo el alma lo mide. Al nombrar una choza puede un pecho agitarse, y sobre monumentos de los héroes y dioses el pastor pasa y silba y desvía los ojos.
He aquí el banco rústico que servía a mi padre, y la sala que oyó su voz fuerte y severa, cuando aquí los pastores, en sus rejas sentados, le contaban los surcos hechos en cada hora;
o tal vez palpitante de sus días de gloria nos contaba la historia de los regios cadalsos; y aún viviendo el combate en que había luchado, al contarnos su vida la virtud enseñaba.
Y el vacío lugar en que siempre mi madre, al suspiro más leve de su casa salía para hacernos llevar o la lana o el pan, y vestir la indigencia o dar vida al hambriento;
y aquí están las cabañas donde su mano amante las heridas curaba con aceite y con miel, y muy cerca del lecho del anciano expirante no dejaba de abrir ese libro que da
todavía esperanza al que deja la vida, recogiendo suspiros que eran casi estertores y llevando hacia Dios su postrera ansiedad, y cogiendo la mano del menor de nosotros,
a la viuda y al niño, de rodillas ante ella, les decía enjugando de sus ojos las lágrimas: «Os doy un poco de oro, devolvedlo en plegarias.» Y el umbral a la sombra donde nos acunaba,
y la rama de higuera que curvaba su mano, y el estrecho sendero que cuando las campanas en el templo lejano atronaban el alba, tras sus pasos subíamos al altar del Señor
con el fin de ofrecerle dos inciensos muy puros que eran nuestra inocencia junto con nuestra dicha. Y su voz aquí mismo, muy piadosa y solemne, nos hablaba de un Dios que en la madre sentíamos,
señalando la espiga encerrada en su germen, el racimo que daba su brebaje aromático, la ternera” trocando plantas verdes en leche, y la peña agrietada por manar de las fuentes,
y la lana de oveja que a las zarzas se roba para así tapizar dulces nidos de pájaros, y aquel sol siempre exacto en sus doce mansiones repartiendo en su entorno estaciones y horas,
y esos astros nocturnos salvo a Dios incontables, mundos que el pensamiento casi no osa escalar, enseñaba la fe hija de agradecidos, y hacía admirar a nuestra simple infancia
que el insecto invisible a los ojos y el astro en los cielos tenían padre igual que nosotros. Esos brezos y campos, esos prados y viñas tienen muchos recuerdos y sus sombras amadas.
Aquí mismo jugaban mis hermanas, y el viento las seguía jugando con sus rubios cabellos; allí con los pastores en la cumbre del cerro encendía fogatas con ramaje y espinos,
y mis ojos, pendientes de las llamas del fuego las veían ondear horas y horas enteras. Allí contra el furor del temible aquilón este sauce vacío nos prestaba su tronco,
y yo oía silbar en su fronda ya muerta brisas que aún rememora como música el alma. Y aquí el álamo está, inclinado al abismo, que en el tiempo de nidos nos mecía en su copa,
y el arroyo en los prados cuyas aguas dormidas lentamente inundaban nuestras barcas de caña, y la encina, la peña, el molino monótono, y aquel muro que al sol, en los días de otoño,
me veía sentado, cerca de los ancianos, contemplando el crepúsculo con atenta mirada. Todo aún sigue en pie y en su sitio renace; aún seguimos las huellas de mi andar por la arena;
sólo un corazón falta que lo pueda gozar. ¡Ay de mí! Que la luz disminuye y se pierde. Como espigas en la era, dispersó la existencia lejos de la paterna heredad a los hijos,
y a la madre también, y ese hogar tan amado se parece a los nidos de los cuales ha huido la veloz golondrina en los largos inviernos. Ya la hierba que crece en las losas antiguas
borra en torno a los muros los senderos domésticos, y la hiedra, flotando como un manto de luto, cubre a medias la puerta y hasta invade el umbral. Tal vez pronto… ¡Oh Dios mío, oh presagio funesto!,
tal vez pronto un extraño al que nadie conoce, con el oro en la mano del lugar se hará dueño, oh lugares que habitan, según nuestra memoria, tantas sombras queridas, familiares, y entonces
todos nuestros recuerdos de las cunas y tumbas, huirán a su voz igual que las palomas echarán a volar de su nido en el árbol de los bosques que el hacha abatió para siempre,
y que ya no sabrán donde van a posarse. ¡No permitas, Señor, tanto llanto y ofensa! No toleres, Dios mío, que nuestra humilde herencia pase de mano en mano a vil precio comprada,
como el techo de gentes que vivieron del vicio, arruinados, o el campo que fue de unos proscritos. Que un extraño avariento venga con paso altivo y que pise el humilde surco que años atrás
fue también nuestra cuna sobre un campo de hierba, a expoliar a los huérfanos, a contar sus monedas donde sólo tenía la pobreza un tesoro, blasfemando tu nombre aquí bajo estos pórticos
donde antaño mi madre enseñaba a la voz de sus hijos los cánticos que exaltaban tu gloria. Ah, prefiero cien veces que entregada a los vientos penda roto el tejado sobre el muro decrépito;
que las flores mortuorias, los espinos, las malvas, broten entre las ruinas de los atrios deshechos. Que el lagarto dormido allí al sol se caliente, que en las horas del sueño Filomela allí cante,
que el humilde gorrión y las fieles palomas allí junten en paz bajo el ala a sus crías, y que el ave del cielo tenga allí su nidada donde antaño durmió la inocencia en su lecho.
Ah, si el número escrito por los altos destinos alcanzara la edad de los blancos cabellos, ojalá, feliz viejo, allí mengüen mis días entre tales recuerdos de mis simples amores.
Y ojalá cuando sean los benditos tejados y estos tristes escombros para mí solamente todo un pueblo de sombras, ojalá pueda entonces reencontrar en los nombres, en los mismos lugares,
tantos seres amados que los ojos no ven. Y vosotros que acaso viviréis cuando yo sea helada ceniza, si queréis dedicarme algo grato al recuerdo, elevadme algún día…
Pero no, no elevéis nada que me recuerde; sólo cerca del sitio donde duerme la humilde esperanza de aquellos que llamamos cristianos, en los campos cavadme ese lecho que quiero,
como el último surco donde va a germinar otra vida. Extended sobre mí un lecho herboso que el cordero del pueblo ramonee en primavera, donde todos los pájaros que años ha mis hermanas
consiguieron que fueran del lugar habitantes, aquí acudan a amar y también a cantar en mis noches tranquilas. Y para señalar mi lugar de reposo, que despeñen rodando
de las altas montañas un fragmento de roca; sobre todo que no haya un cincel que lo talle ni que borre ese musgo de los días antiguos que oscurece su cara, y que al paso de inviernos,
incrustado en la piedra, dé en sus letras vivientes una fecha a sus años; y que no haya ni cifras ni mi nombre grabado en tal página agreste. Ante la eternidad toda edad se confunde,
y Aquel que con su voz a los muertos despierta, aunque falte mi nombre sé que no va a olvidarme. Allí bajo mis cielos, al pie de las colinas que cubrieron antaño con sus sombras mi cuna,
junto al suelo natal, junto al aire y al sol, con un sueño muy leve esperaré el despertar. Mi ceniza mezclada con la tierra que me ama volverá a tener vida incluso antes que el alma,
será verde en los prados y color en las flores, en las noches de estío beberá los perfumes y los llantos del aire; y al llegar de aquel día que no tiene crepúsculo la primera centella
que podrá despertarme a la aurora sin fin, cuando se abran los ojos volveré a ver lugares que en mi vida adoré y que vi tantas veces, nuestra aldea y sus piedras con el fiel campanario,
la montaña y el cauce seco de este torrente, y los campos resecos; y juntando ante mí con la nueva mirada tantos seres queridos, cuya sombra dormía aquí cerca entre escombros,
mis hermanas, un padre y una madre que es alma, no dejando cenizas que conserve la tierra, igual que el viajero desembarca y dirige al navío miradas en las que hay gratitud,
nuestras voces dirán al unísono entonces a todo este lugar que rebosa delicias nuestro único adiós ya sin mezcla de lágrimas.