Tristeza

Tristeza

Devuélvame, decía, a la afortunada orilla donde Nápoles reflexiona en un mar de azul sus palacios, sus laderas, sus astros sin nube, donde el naranjo florece bajo un cielo siempre puro. ¿ Que tarda? ¡ Vayámonos! Todavía quiero ver de nuevo Vesubio encendido saliente del pecho de las aguas; quiero de sus alturas ver levantarse la aurora; Quiero, guiando del que adoro, volver a bajar, soñando, de estas risueñas laderas; Soy en los rodeos de este golfo tranquilo; regresemos sobre estos bordes a nuestros pasos tan conocidos, a los jardines de Cintia, a la tumba de Virgilio, cerca de los pedazos dispersos del templo de Venus: Allí, bajo los naranjos, bajo la vid florida, cuyo pámpano flexible en el myrte se casa, y trenza en tu cabeza una bóveda de flores, al ruido dulce de la ola o del viento que murmura, sólo con nuestro amor, sólo con la naturaleza, la vida y la luz tendrán más dulzuras.

De mis días pasados la antorcha se consume, se apaga por grados al soplo de la desgracia, O, si lanza a veces una luz débil, es cuando tu memoria en mi pecho lo vuelve a encender; no sé si los dioses me permitirán por fin terminar aquí abajo mi día penoso. Mi horizonte se limita, y mi ojo incierto atrévete a extenderlo apenas más allá de un año. Pero si hay que perecer por la mañana, si hace falta, sobre una tierra a la felicidad destinada, dejar escapar de mi mano esta copa que el destino parecía tener para mí de rosas coronada, les pido a los dioses sólo guiar mis pasos hasta los bordes que embellece tu memoria querida, de saludar de lejos estos afortunados climas, y de morir a los lugares donde probé la vida.