Era era.
Sus manos nacían al lado de cada cosa y de cada flor.
Temíase siempre su rotura y a ella parecían converger los números y las estrellas.
El amanecer encontraba sus cabellos perdidos y sus ojos depositados en sus propias orillas.
La noche la sorprendía siempre entregada a sus oficios más antiguos acompasándose de un corazón nuevo y silencioso.
Era solícita y tempestuosa y no se parecía en nada a la luna. * * * * *