Las ráfagas de luz desfibran noche dueña de su estación, dueña de mí que miro en la ventana un cielo opaco, su gravidez, la prisa del invierno por ser él, tan de golpe, con cansancio de sol plomo, de sol piedra de nube. Aspiro el absoluto de estar vivo y le hago sitio al aire de este mundo en los pulmones y en el corazón. Quién cuida el vino leve del vivir y las horas sin hora de la gracia. La llamo plenitud, la llamo mar, o la llamo sosiego y entusiasmo cantado sin motivo y con motivo; euforia de decir lo que se dice. Pero también sustancia entre dos ánimos, y contundencia de no estar y estar en el aroma de lo que contemplo: un mundo matinal, sereno y frío. Ignoro el pasadizo hacia la huida. Nos queda el sol. Que roza nuestra piel y que resiste cuando no resistes. Y los colores hechos compañía, y la amistad que suena como un río. Será posible estar, abrir el mundo, darle ciudadanía a su misterio por el que cruzan bajas las gaviotas en un acuerdo natural y único entre ser y habitar; ser y ser más. Quien desaloja fe cifra su estancia en algún modo de insistir erróneo, capaz de acomodarse a las arterias, a una fraternidad confusa o sometida al mar que ayuda a ser. Respiro tiempo como si la quietud se desplegase. Dejará de doler y será dulce.
De “Caída” Pre-Textos 2002