Galeones

Galeones

Tesoro de un naufragio es el naufragio mismo, su memoria callada y encallada, su silencio abisal y su misterio transitado despacio por los peces. Se naufraga para algo. Lo que ahí abajo late sin latir es el haber perdido flotación en la historia y ser sustancia de la que el tiempo se alimenta. Los siglos no andan solos, comen derrotas, trizas de pabellones, afanes que navegan y que un día se hunden.

Cuando el mar le hace sitio al barco, la memoria no es sólo astillería húmeda que pasa del abismo a la mañana del museo. Es también galeones que yacen en lo oscuro.

La luz le duele un poco al fragmento de barco que vuelve con poleas y derramando olvido.

El tiempo se despieza y es algo más que piezas. No es ajuar en vitrinas y es temblor. Es vida oscura o luminosa. O algo intermedio, que tal vez sea el espíritu y que escapa mientras secamos piezas con un rótulo al lado, como piratas de nosotros mismos.

De “Para lo que no existe” Valencia, Pre-Textos, 1999