Si oyes correr el agua en las acequias, su manso sueño pasar entre penumbras y musgos, con el apagado sonido de algo que tiende a demorarse en la sombra vegetal. Si tienes suerte y preservas ese instante con el temblor de los helechos que no cesa, con el atónito limo que se debate en el cauce inmutable y siempre en viaje. Si tienes la paciencia del guijarro, su voz callada, su gris acento sin aristas, y aguardas hasta que la luz haga su entrada, es bueno que sepas que allí van a llamarte con un nombre nunca antes pronunciado. Toda la ardua armonía del mundo es probable que entonces te sea revelada, pero sólo por esta vez. ¿Sabrás, acaso, descifrarla en el rumor del agua que se evade sin remedio y para siempre?
Mínimo Homenaje a Stéphane Mallarmé
Como espadas en desorden la luz recorre los campos. Islas de sombra se desvanecen e intentan, en vano, sobrevivir más lejos. Allí, de nuevo, las alcanza el fulgor del mediodía que ordena sus huestes y establece sus dominios. El hombre nada sabe de estos callados combates. Su vocación de penumbra, su costumbre de olvido, sus hábitos, en fin, y sus lacerías, le niegan el goce de esa fiesta imprevista que sucede por caprichoso designio de quienes, en lo alto, lanzan los mudos dados cuya cifra jamás conoceremos. Los sabios, entretanto, predican la conformidad. Sólo los dioses saben que esta virtud incierta es otro vano intento de abolir el azar. De “Poemas dispersos”