La orquesta

La orquesta

1 La primera luz se enciende en el segundo piso de un café. Un sirviente sube a cambiarse de ropas. Su voz gasta los tejados y en su grasiento delantal trae la noche fría y estrellada.

2 Aparte en un tarro de especias vacío, guarda un mechón de pelo. Un espeso y oscuro cadejo de color indefinido como el humo de los trenes cuando se pierde entre los eucaliptos.

3 Vestido de amianto y terciopelo, recorrió la ciudad. Era el pavor disfrazado de tendero suburbano. Cuántas historias se tejieron alrededor de sus palabras con un sabor de antaño como las nieves del poeta.

4 Así a primera vista, no ofrecía belleza alguna. Pero detrás de un cuerpo temblaba una llama azul que arrastraba el deseo, como arrastran ciertos ríos metales imaginarios.

5 Otra luz vino a sumarse a la primera. Una voz agria la apagó como se mata un insecto. A dos pasos de allí, el viento golpeaba ciegas hojas contra ciegas estatuas. Paz del estanque. ..luz opalina de los gimnasios.

6 Sordo peso del corazón. Tenue gemido de un árbol. Ojos llorosos limpiados furtivamente en el lavaplatos, mientras el patrón atiende a los clientes con la sonrisa sucia de todos los días. Penas de mujer.

7 En las aceras, el musgo dócil y las piernas con manchas aceitosas de barro milenario. En las aceras, la fe perdida como una moneda o como una colilla. Mercancías. Cáscara débil del hollín.

8 Polvo suave en la oreja donde brilla una argolla de pirata. Sed y miel de las telas. Los maniquíes calculan la edad de los viandantes y un hondo, innominado deseo surge de sus pechos de cartón. Mugido clangoroso de una calle vacía. Rocío.

9 Como un loco planeta de liquen, anhela la firme baranda del colegio con su campana y el fresco olor de los laboratorios. Ruido de las duchas contra las espaldas dormidas. Una mujer pasa y deja su perfume de cebra y poleo. Los jefes de la tribu se congregaron después de la última clase y celebran el sacrificio.

10 Una vida perdida en vanos intentos por hallar un olor o una casa. Un vendedor ambulante que insiste hasta cuando oye el último tranvía. Un cuerpo ofrecido en gesto furtivo y ansioso. Y el fin, después, cuando comienza a edificarse la morada o se entibia el lecho de ásperas cobijas. De “Los elementos del desastre”