He temido el encuentro...

He temido el encuentro…

He temido el encuentro. Sí, supuse probado que esa ignota comarca encerraba secretos que eran míos de antiguo. Que su mito era fruto de una aciaga mentira. Sus leyendas tejieron una red de emboscadas. Cuando apenas conozco, hago mías las huellas de esos pasos que ahora asimila la sombra. Cada casa o iglesia, cada muro o sendero, participan del tránsito. Suspendidos proponen su ficción de promesas. Junto al río, sentado, al pasar de la noche, he entendido lo inútil de ofrecerles batalla. Paralelos discurren dos viajes. A un tiempo, retrocedo y avanzo. Peregrino a las fuentes y aun así permanezco. Voy de paso. ¿Hacia dónde? ¿ Qué remoto espejismo me depara el presente ? ¿Por qué yendo, regreso? Trazo círculos, lanzo -piedras planas al agua. En sus ondas intento apresar el que sea, para mí, convincente. Con paciencia, persisto. Fijo el pulso. Procedo. Son ensayos fallidos. Darán cuenta algún día de la vida de un hombre: solo, ajeno, consigo.

La sombra dorada

Abro la verja del jardín sin nadie. Espera mi llegada el viejo limonero y al verlo me parece que no hubiera pasado en parte alguna todo este largo tiempo, que siempre hubiera estado sentado en esta sombra, silencioso, viendo pasar los días con la mirada turbia de los que nada esperan, pero al fin sobreviven. Con tanta asiduidad he recordado este mismo lugar que no es extraño sentir la vuelta a casa como un hecho casual como si ahora volviera una vez más y simplemente cerrara una vez más la misma puerta. La casa es hacia dentro el laberinto que siempre he perseguido. Permanece sitiada por los muros azules de la infancia, por ecos de una edad sobrevenida. En la azotea, el puerto sigue siendo un sueño antiguo y arriba en las estrellas leo de nuevo el rumbo del viaje que comienza.

De “Una oculta razón” 1991

La sombra fugitiva

Este viento tan cálido que recompone ahora un verano tardío; la luz anaranjada del cuarto y la penumbra de los libros que aguardan al lector del invierno. Las breves y oscilantes líneas de sol dispuestas, la desdichada espera de quien cifró en la huida la razón y el principio y reconoce apenas que una ciudad le acecha y ésta será la única. Aquél que en la distancia quiso amar lo recóndito y el tiempo le devuelve la certeza del sitio. Aquél éste que ahora -ya decía- se empeña, y recupera en vano lo que nunca ha existido, y en el viento que entra, cuando atardece, observa, toma papel y escribe. Yo mismo, el que contempla el río entre las hojas, cierra la puerta y vuelve a ocupar su costumbre. Aquél al que le basta la sombra fugitiva, el instante, esa efímera razón de permanencia.

De “Una oculta razón” 1991

Mecánica terrestre

Lo mismo que una imagen recuerda a alguna análoga y una sombra a la fresca humedad de otra estancia y un olor a una escena cercana por remota y esta ciudad a aquélla habitable y distante, así, cuando la tarde se hace eterna y es julio todo expresa una múltiple, inasible presencia, y el agua es más que el filtro de lo que fluye y pasa y la luz más que el velo que ilumina las cosas y el viento más que el nombre de una oscura noticia.

De “Mecánica terrestre” 2002

Meditación en Londres

Escucho en la sumisa soledad de la tarde el rumor de las sombras cuando llega la noche y en la ventana, oblicua, la luz se ha detenido.

Lo que está al otro lado, ¿no son, acaso, idénticas visiones de ciudades distintas unidas por su sola sucesión en el tiempo?

Las ramas de Hyde Park que hoy oscurecen la mesa donde escribo, ¿no son en su quietud las contempladas algún lejano día que regresa?

Se dibuja un perfil, la vaga imagen de un paisaje que agota su presencia como demora de su ser inmóvil.

El caer de las hojas reconoce su tránsito fugaz en la distancia que separa la vida de su muerte.

De “Una oculta razón” 1991

Poema de amor

De verdad es ahora cuando te reconozco. Sólo a través del sueño tus contornos son nítidos, oigo clara tu voz, recupero tus gestos y tu lenta presencia como el lento mecerse de las aspas que giran sobre nuestras cabezas. Con la misma demora con que tomas un baño al final de la tarde.

Te conozco en la oscura razón que sucede a la noche, en la frágil frontera de la luz, cuando el tiempo es más real que nunca o eso, acaso, parece.

A tu lado, aunque lejos, tan en ti como ausente, reconstruyo velado tu otro rostro invisible, el que en la edad dé forma a la que en sueños eres.

De “A debida distancia” 1993

Sobre un tema romántico

Cada día visitaba la casa. Las palabras dispuestas, la estancia en la penumbra de las horas más cómplices, ambos sentados en el corazón de la noche desvelando al unísono la dudosa frontera de la luz y la sombra. Fuera, el verano encendía la isla. Los ecos llegaban apagados y oscuros como nos llega aquello que sabemos cercano y, además, conocemos. Leíamos de nuevo -renovando aquel rito- la vida imaginada que enfrentábamos juntos, la común experiencia: nuestros viejos deseos, las lecturas amadas, los paisajes que fueron nuestra propia mirada, lo que perteneciéndonos era revés y causa, el final y el principio. Vivir era más fácil parecía sencillo. Nos bastaba sentir nuestra voz encendida y la muda presencia de las altas estrellas. Al alba, de regreso, cada cual conservaba la secreta esperanza de iniciar nuevamente el texto abandonado, el libro perseguido, por siempre inalcanzable.

De “Una oculta razón” 1991

Trenes en la noche

Imagina dos trenes, rodando en la alta noche, que se cruzan de golpe, camino cada cual de su destino.

En cualquier parte, en medio de un empalme en ningún sitio, por vías oxidadas, los vagones, de pronto, se detienen.

Miras por el cristal y allí, en lo negro, se ilumina una cara justo enfrente.

De momento has pensado que es la tuya reflejando tu insomnio y tu cansancio. Es una sensación. Dura un instante.

Te fijas con cuidado en la ventana y el rostro que se enciende al otro lado es, sin duda, de otro. De una oscura mujer, para más señas. Es hermosa, te dices, mientras miras sus ojos en los tuyos duplicados.

La escena es momentánea. Tras un ruido metálico y muy seco, el movimiento empieza a separaros para siempre.

Ninguno de los dos hacéis ya nada que impida lo que es inevitable.

Con el ruido del tren y el traqueteo supones que pensabais en lo mismo: que fue un vano espejismo, que fue un sueño.

Una antigua certeza

La flama de la siesta socava las paredes y agota en su fulgor esa mirada de lo que siendo escapa a la razón. Preguntas si habrá de sucedernos la edad en que perviva todo lo que merece la presencia: el rosal inflamado, las aguas repetidas en ese único río que vive para siempre, la rueda de molino de apariencia inmutable y la casa erigida sobre una red de arena. Acaso la respuesta esté en el arco y su umbral desgastado, en esa enredadera sometida a la forma, en el denso dolor de este manso silencio. Anticipa la tarde una antigua certeza de la que sólo es cómplice la sombra: el ocaso será la nueva aurora.

De “Una oculta razón” 1991

Una oculta razón

Miro la hiedra que a mi puerta muestra la verde lluvia sucesiva y ciega; traspaso un nuevo umbral, piso sus losas, me sé en otro recinto que conozco. Entro, y en la costumbre de la luz mis ojos penetran el silencio, en vano se preguntan. Se saben de paso, se contentan con su pálida atmósfera, se funden con el olor que el tiempo ha reposado en sus estancias húmedas. Su oscuridad se puebla de palabras repetidas al ritmo de la asfixia, entre alacenas y humo.

Esta casa es ahora mi morada, el territorio inhóspito que aloja las aguas placentarias donde el canto construye su forma hacia lo hondo. Donde torna la rosa subterránea (que urge material, que hermosa emerge) en lengua poderosa. Me interno en los rincones que rodean el patio. Conservan sus enseres la apariencia observada por los viejos objetos: la urna, el astrolabio, la máscara, el espejo. De su interior destilan la tensión que no dicen.

Compone su armonía una vasta intemperie, un interior que oculta un dios oscuro. Me encuentro a gusto entre su accidental presencia de gastadas imágenes, de inscripciones caducas. Lo que supuse, ellos, desvaídos asertan. La penumbra de las cosas que habito es el dulce lugar donde halla el asombro la alta luz del encuentro, la velada noticia de su origen más claro.

El cristal ha adoptado una distancia equívoca. Lo que fui, lo que he sido, no lo sabe mi mano (que desconoce el pulso de mi centro, que yerra al calcular mi edad perfecta). La mano desconoce el atributo de quien alza y perece, se levanta, y es hueco su cimiento, y es de aire. ¿Es derrota silencio? Acaso este horizonte conocido en el recuerdo de la Habana Vieja sea la salvación, la piedra, el sueño. Acaso ya mi nada.

En el blanco, la huella que recorre el pasado, la niebla de febrero sobre el lago y la velocidad ajena con que los coches cruzan sus orillas. Sobre el papel los claros de un bosque a las afueras de una ciudad que ignoro, la vegetal sabiduría de la sombra, el oquedal solícito. En estas letras, tinta del fondo de la noche. El espacio se torna fragmentario, difuso. He recogido restos de un discurso arrasado, de un canto ya abolido.

Me detengo en el vidrio que mi hálito empaña. Súbitamente sopla el sirocco de Roma (hace tanto. ..), la tarde (via Gesú e María) en que quiso la muerte aventar sus cenizas. (La palabra nada es hermosa, dijiste.) No acepta la costumbre la sombra que tuvimos: es pura argucia el tiempo.

La mirada se fija en las llamas azules. Ya nublada, se vence. Es inútil saber dónde me encuentro. ¿Son acaso estas aguas un fiel eco del Tíber?

Ha cesado la lluvia: La ciudad ahora altera la visión de su herrumbre.

De “Una oculta razón” 1991