Abro la verja del jardín sin nadie. Espera mi llegada el viejo limonero y al verlo me parece que no hubiera pasado en parte alguna todo este largo tiempo, que siempre hubiera estado sentado en esta sombra, silencioso, viendo pasar los días con la mirada turbia de los que nada esperan, pero al fin sobreviven. Con tanta asiduidad he recordado este mismo lugar que no es extraño sentir la vuelta a casa como un hecho casual como si ahora volviera una vez más y simplemente cerrara una vez más la misma puerta. La casa es hacia dentro el laberinto que siempre he perseguido. Permanece sitiada por los muros azules de la infancia, por ecos de una edad sobrevenida. En la azotea, el puerto sigue siendo un sueño antiguo y arriba en las estrellas leo de nuevo el rumbo del viaje que comienza.
De “Una oculta razón” 1991