Cada día visitaba la casa. Las palabras dispuestas, la estancia en la penumbra de las horas más cómplices, ambos sentados en el corazón de la noche desvelando al unísono la dudosa frontera de la luz y la sombra. Fuera, el verano encendía la isla. Los ecos llegaban apagados y oscuros como nos llega aquello que sabemos cercano y, además, conocemos. Leíamos de nuevo -renovando aquel rito- la vida imaginada que enfrentábamos juntos, la común experiencia: nuestros viejos deseos, las lecturas amadas, los paisajes que fueron nuestra propia mirada, lo que perteneciéndonos era revés y causa, el final y el principio. Vivir era más fácil parecía sencillo. Nos bastaba sentir nuestra voz encendida y la muda presencia de las altas estrellas. Al alba, de regreso, cada cual conservaba la secreta esperanza de iniciar nuevamente el texto abandonado, el libro perseguido, por siempre inalcanzable.
De “Una oculta razón” 1991