La flama de la siesta socava las paredes y agota en su fulgor esa mirada de lo que siendo escapa a la razón. Preguntas si habrá de sucedernos la edad en que perviva todo lo que merece la presencia: el rosal inflamado, las aguas repetidas en ese único río que vive para siempre, la rueda de molino de apariencia inmutable y la casa erigida sobre una red de arena. Acaso la respuesta esté en el arco y su umbral desgastado, en esa enredadera sometida a la forma, en el denso dolor de este manso silencio. Anticipa la tarde una antigua certeza de la que sólo es cómplice la sombra: el ocaso será la nueva aurora.
De “Una oculta razón” 1991