Una oculta razón

Una oculta razón

Miro la hiedra que a mi puerta muestra la verde lluvia sucesiva y ciega; traspaso un nuevo umbral, piso sus losas, me sé en otro recinto que conozco. Entro, y en la costumbre de la luz mis ojos penetran el silencio, en vano se preguntan. Se saben de paso, se contentan con su pálida atmósfera, se funden con el olor que el tiempo ha reposado en sus estancias húmedas. Su oscuridad se puebla de palabras repetidas al ritmo de la asfixia, entre alacenas y humo.

Esta casa es ahora mi morada, el territorio inhóspito que aloja las aguas placentarias donde el canto construye su forma hacia lo hondo. Donde torna la rosa subterránea (que urge material, que hermosa emerge) en lengua poderosa. Me interno en los rincones que rodean el patio. Conservan sus enseres la apariencia observada por los viejos objetos: la urna, el astrolabio, la máscara, el espejo. De su interior destilan la tensión que no dicen.

Compone su armonía una vasta intemperie, un interior que oculta un dios oscuro. Me encuentro a gusto entre su accidental presencia de gastadas imágenes, de inscripciones caducas. Lo que supuse, ellos, desvaídos asertan. La penumbra de las cosas que habito es el dulce lugar donde halla el asombro la alta luz del encuentro, la velada noticia de su origen más claro.

El cristal ha adoptado una distancia equívoca. Lo que fui, lo que he sido, no lo sabe mi mano (que desconoce el pulso de mi centro, que yerra al calcular mi edad perfecta). La mano desconoce el atributo de quien alza y perece, se levanta, y es hueco su cimiento, y es de aire. ¿Es derrota silencio? Acaso este horizonte conocido en el recuerdo de la Habana Vieja sea la salvación, la piedra, el sueño. Acaso ya mi nada.

En el blanco, la huella que recorre el pasado, la niebla de febrero sobre el lago y la velocidad ajena con que los coches cruzan sus orillas. Sobre el papel los claros de un bosque a las afueras de una ciudad que ignoro, la vegetal sabiduría de la sombra, el oquedal solícito. En estas letras, tinta del fondo de la noche. El espacio se torna fragmentario, difuso. He recogido restos de un discurso arrasado, de un canto ya abolido.

Me detengo en el vidrio que mi hálito empaña. Súbitamente sopla el sirocco de Roma (hace tanto. ..), la tarde (via Gesú e María) en que quiso la muerte aventar sus cenizas. (La palabra nada es hermosa, dijiste.) No acepta la costumbre la sombra que tuvimos: es pura argucia el tiempo.

La mirada se fija en las llamas azules. Ya nublada, se vence. Es inútil saber dónde me encuentro. ¿Son acaso estas aguas un fiel eco del Tíber?

Ha cesado la lluvia: La ciudad ahora altera la visión de su herrumbre.

De “Una oculta razón” 1991