Madrigal

Madrigal

Por tus ojos verdes yo me perdería, sirena de aquellas que Ulises, sagaz, amaba y temía. Por tus ojos verdes yo me perdería.

Por tus ojos verdes en lo que, fugaz, brillar suele, a veces, la melancolía; por tus ojos verdes tan llenos de paz, misteriosos como la esperanza mía; por tus ojos verdes, conjuro eficaz, yo me salvaría.

Mi secreto

¿Mi secreto? ¡Es tan triste! Estoy perdido de amores por un ser desaparecido, por un alma liberta, que diez años fue mía, y que se ha ido… ¿Mi secreto? Te lo diré al oído: ¡Estoy enamorado de una muerta!

¿Comprendes -tú que buscas los visibles transportes, las reales, las tangibles caricias de la hembra, que se plasma a todos tus deseos invencibles- ese imposible de los imposibles de adorar a un fantasma?

¡Pues tal mi vida es y tal ha sido y será! Si por mí sólo ha latido su noble corazón, hoy mudo y yerto, ¿he de mostrarme desagradecido y olvidarla, no más porque ha partido y dejarla, no más porque se ha muerto?

No sé quién es…

¿Quién es? -No sé: a veces cruza por mi senda, como el hada del ensueño: siempre sola… siempre muda… siempre pálida… ¿Su nombre? No lo conozco. ¿De dónde viene? ¿Do marcha? ¡Lo ignoro! Nos encontramos, me mira un momento y pasa: ¡Siempre sola…! ¡Siempre triste…! ¡Siempre muda…! ¡Siempre pálida!

Mujer: ha mucho que llevo tu imagen dentro del alma. Si las sombras que te cercan, si los misterios que guardas deben ser impenetrables para todos, ¡calla, calla!

¡Yo sólo demando amores: yo no te pregunto nada!

¿Buscas reposo y olvido? Yo también. El mundo cansa. Partiremos lejos, lejos de la gente, a tierra extraña; y cual las aves que anidan en las torres solitarias, confiaremos a la sombra nuestro amor y nuestras ansias…

Ofertorio

De la amada inmóvil

Dios mío, yo te ofrezco mi dolor: ¡Es todo lo que puedo ofrecerte! Tú me diste un amor, un solo amor, ¡un gran amor!

Me lo robó la muerte …y no me queda más que mi dolor. Acéptalo, Señor; ¡Es todo lo que puedo ya ofrecerte!…

Pasas por el abismo de mis tristezas…

Pasas por el abismo de mis tristezas como un rayo de luna sobre los mares, ungiendo lo infinito de mis pesares con el nardo y la mirra de tus ternezas.

Ya tramonta mi vida, la tuya empiezas; mas, salvando del tiempo los valladares, como un rayo de luna sobre los mares, pasas por el abismo de mis tristezas.

No más en la tersura de mis cantares dejará el desencanto sus asperezas; pues Dios, que dio a los cielos sus luminares, quiso que atravesaras por mis tristezas como un rayo de luna sobre los mares.

Por esa puerta

Por esa puerta huyó diciendo :«¡nunca!» Por esa puerta ha de volver un día … Al cerrar esa puerta dejo trunca la hebra de oro de la esperanza mía. Por esa puerta ha de volver un día.

Cada vez que el impulso de la brisa, como una mano débil indecisa, levemente sacude la vidriera, palpita más aprisa, más aprisa, mi corazón cobarde que la espera.

Desde mi mesa de trabajo veo la puerta con que sueñan mis antojos y acecha agazapando mi deseo en el trémulo fondo de mis ojos.

¿Por cuánto tiempo, solitario, esquivo, he de aguardar con la mirada incierta a que Dios me devuelva compasivo a la mujer que huyó por esa puerta?

¿Cuándo habrán de temblar esos cristales empujados por sus manos ducales, y, con su beso ha de llegar a ellas, cual me llega en las noches invernales el ósculo piadoso de una estrella? ¡Oh Señor!, ya la pálida está alerta; ¡oh Señor, cae la tarde ya en mi vía y se congela mi esperanza yerta! ¡Oh, Señor, haz que se abra al fin la puerta y entre por ella la adorada mía!… ¡Por esa puerta ha de volver un día!

¿Quién es Damiana?

My name is might have been […] Dante Gabriel Rossetti

La mujer que en mi lozana juventud pudo haber sido -si Dios hubiera querido- mía, en el paisaje interior de un paraíso de amor y poesía; la que prócer o aldeana «mi aldeana» o «mi princesa» se hubiera llamado, esa es, en mi libro, Damiana.

La hija risueña y santa, gemela de serafines, libélula en mis jardines quizás y en mi feudo infanta; la que pudo dar al alma fe, vigor al esfuerzo, tino al obrar, ¡la que no vino por mucho que la llamé! La que aún mi frente besa desde una estrella lejana, esa es en mi libro Damiana.

Y aquella que me miró, no sé en qué patria querida tras mirarme pasó (desto hace más de una vida); y al mirarme parecía que me decía: -«Si pudiera detenerme te amara»… la que esto al verme con los ojos repetía; la que, sentado a la mesa del festín real, con vana inquietud aguardo, esa es en mi libro Damiana;

La que con noble pergeño, suele fluïda vagar como un fantasma lunar por la zona de mi ensueño; la que fulge en los ocasos, que son nobleza del día, la que en la melancolía de mi alcoba finge pasos, la que, puesto a la ventana, con un afán que no cesa aguardo hace un siglo, esa es en mi libro Damiana.

Todo lo noble y hermoso que no fue; todo lo bello y amable que no vino; y lo vago y misterioso que pensé y lo puro y lo inefable y lo divino;

El enigma siempre claro en la mañana y el enigma por las tardes inexpreso; amor, sueños, ideal, esencia arcana, todo eso, todo eso, todo eso, tiene un nombre en estas páginas: ¡Damiana!

Renunciación

¡Oh, Siddharta Gautama!, tú tenías razón: las angustias nos vienen del deseo; el edén consiste en no anhelar, en la renunciación completa, irrevocable, de toda posesión; quien no desea nada, dondequiera está bien.

El deseo es un vaso de infinita amargura, un pulpo de tentáculos insaciables, que al par que se cortan, renacen para nuestra tortura. El deseo es el padre del esplín, de la hartura, ¡y hay en él más perfidias que en las olas del mar!

Quien bebe como el Cínico el agua con la mano, quien de volver la espalda al dinero es capaz, quien ama sobre todas las cosas al Arcano, ¡ése es el victorioso, el fuerte, el soberano… y no hay paz comparable con su perenne paz!

Ródeuse

Si te toman pensativa los desastres de las hojas que revuelan crepitando por el amplio bulevar; si los cierzos te insinúan no sé qué vagas congojas y nostalgias imprecisas y deseos de llorar;

si el latido luminoso de los astros te da frío; si incurablemente triste ves al Sena resbalar, y el reflejo de los focos escarlatas sobre el río se te antoja que es la estela de algún trágico navío donde llevan los ahogados de la Morgue a sepultar;

¡Pobrecita! ven conmigo: deja ya las puentes yermas. Hay un alma en estas noches a las tísicas hostil, y un vampiro disfrazado de galón que busca enfermas, que corteja a las que tosen y que, a poco que te duermas, chupará con trompa inmunda tus pezones de marfil.

Seis meses ya de muerta! Y en vano he pretendido…

¡Seis meses ya de muerta! Y en vano he pretendido un beso, una palabra, un hálito, un sonido… y, a pesar de mi fe, cada día evidencio que detrás de la tumba ya no hay más que silencio…

Si yo me hubiese muerto, ¡qué mar, qué cataclismos, qué vértices, qué nieblas, qué cimas ni qué abismos burlaran mi deseo febril y omnipotente de venir por las noches a besarte en la frente, de bajar con la luz de un astro zahorí, a decirte al oído: No te olvides de mí.

Y tú, que me querías tal vez más que te amé, callas inexorable, de suerte que no sé sino dudar de todo, el alma, del destino, ¡y ponerme a llorar en medio del camino! Pues con desolación infinita evidencio que detrás de la tumba ya no hay más que silencio…

Si Tú me dices: “¡Ven!”, lo dejo todo…

Si Tú me dices: “¡Ven!”, lo dejo todo… No volveré siquiera la mirada para mirar a la mujer amada… Pero dímelo fuerte, de tal modo

que tu voz, como toque de llamada, vibre hasta en el más íntimo recodo del ser, levante el alma de su lodo y hiera el corazón como una espada.

Si Tú me dices: “¡Ven!”, todo lo dejo. Llegaré a tu santuario casi viejo, y al fulgor de la luz crepuscular;

mas he de compensarte mi retardo, difundiéndome, ¡oh Cristo!, como un nardo de perfume sutil, ante tu altar.

Si una espina me hiere, me aparto de la espina…

¡Si una espina me hiere, me aparto de la espina, …pero no la aborrezco! Cuando la mezquindad envidiosa en mí clava los dardos de su inquina, esquívase en silencio mi planta, y se encamina hacia más puro ambiente de amor y caridad.

¿Rencores? ¡De qué sirven! ¡Qué logran los rencores! Ni restañan heridas, ni corrigen el mal. Mi rosal tiene apenas tiempo para dar flores, y no prodiga savias en pinchos punzadores:

si pasa mi enemigo cerca de mi rosal, se llevará las rosas de más sutil esencia; y si notare en ellas algún rojo vivaz, ¡será el de aquella sangre que su malevolencia de ayer, vertió, al herirme con encono y violencia, y que el rosal devuelve, trocada en flor de paz!

Tan rubia es la niña que…

Tan rubia es la niña que que cuando hay sol, no se la ve.

Parece que se difunde en el rayo matinal, que con la luz se confunde su silueta de cristal, tinta en rosas, y parece que en la claridad del día se desvanece la niña mía.

Si se asoma mi Damiana a la ventana, y colora la aurora su tez lozana de albérchigo y terciopelo, no se sabe si la aurora ha salido a la ventana antes de salir al cielo.

Damiana en el arrebol de la mañanita se diluye y, si sale el sol, por rubia… no se la ve.

Tanto amor

Hay tanto amor en mi alma que no queda ni el rincón más estrecho para el odio. ¿Dónde quieres que ponga los rencores que tus vilezas engendrar podrían?

Impasible no soy: todo lo siento, lo sufro todo…Pero como el niño a quien hacen llorar, en cuanto mira un juguete delante de sus ojos se consuela, sonríe, y las ávidas manos tiende hacia él sin recordar la pena, así yo, ante el divino panorama de mi idea, ante lo inenarrable de mi amor infinito, no siento ni el maligno alfilerazo ni la cruel afilada ironía, ni escucho la sarcástica risa. Todo lo olvido, porque soy sólo corazón, soy ojos no más, para asomarme a la ventana y ver pasar el inefable Ensueño, vestido de violeta, y con toda la luz de la mañana, de sus ojos divinos en la quieta limpidez de la fontana…

Una flor en el camino

La muerta resucita cuando a tu amor me asomo, la encuentro en tus miradas inmensas y tranquilas, y en toda tú… Sois ambas tan parecidas como tu rostro, que dos veces se copia en mis pupilas. Es cierto: aquélla amaba la noche radiosa, y tú siempre en las albas tu ensueño complaciste. (Por eso era más lirio, por eso eres más rosa.) Es cierto, aquélla hablaba; tú vives silenciosa, y aquélla era más pálida; pero tú eres más triste.

Ven acércate más! El campo umbrío…

¡Ven acércate más! El campo umbrío, el cielo torvo y el ambiente frío, predisponen el alma a la tristeza. Ven, apoya en mi hombro tu cabeza; así, juntos, muy juntos, dueño mío.

Hablemos de tu amor; ¡de aquel soñado amor! Cuando el invierno desolado reina doquier, y pálidas se ahuyentan la ilusión y la fe, ¡cómo calientan los recuerdos benditos del pasado!

Ven, acércate más, mi dulce dueño . . . y en tanto agita con tenaz empeño la niebla gris su colosal cimera, sobre nosotros vuelque la Quimera el ánfora impalpable del Ensueño.

Viejo estribillo

¿Quién es esa sirena de la voz tan doliente, de las carnes tan blancas, de la trenza tan bruna? -Es un rayo de luna que se baña en la fuente, es un rayo de luna…

¿Quién gritando mi nombre la morada recorre? ¿Quién me llama en las noches con tan trémulo acento? -Es un soplo de viento que solloza en la torre, es un soplo de viento…

¿Di, quién eres, arcángel cuyas alas se abrasan en el fuego divino de la tarde y que subes por la gloria del éter? -Son las nubes que pasan; mira bien, son las nubes…

¿Quién regó sus collares en el agua, Dios mío? Lluvia son de diamantes en azul terciopelo. -Es la imagen del cielo que palpita en el río, es la imagen del cielo…

¡Oh, Señor! ¡La belleza sólo es, pues, espejismo! Nada más Tú eres cierto: sé Tú mi último Dueño. ¿Dónde hallarte, en el éter, en la tierra, en mí mismo? -Un poquito de ensueño te guiará en cada abismo, un poquito de ensueño…

Y el buda de basalto sonreía

Aquella tarde, en la alameda, loca de amor, la dulce idolatrada mía me ofreció la eglantina de su boca.

Y el Buda de basalto sonreía…

Otro vino después, y sus hechizos me robó; dile cita, y en la umbría nos trocamos epístolas y rizos.

Y el Buda de basalto sonreía…

Hoy hace un año del amor perdido. Al sitio vuelvo y, como estoy rendido tras largo caminar, trepo a lo alto del zócalo en que el símbolo reposa. Derrotado y sangriento muere el día, y en los brazos del Buda de basalto me sorprende la luna misteriosa.

Yo amaba lo azul con ardimiento…

Yo amaba lo azul con ardimiento: las montañas excelsas, los sutiles crespones de zafir del firmamento, el piélago sin fin, cuyo lamento arrulló mis ensueños juveniles.

Callaba mi laúd cuando despliega cada estrella purisima su broche, el universo en la quietud navega, y la luna, hoz de plata, surge y siega el haz de espesas sombras de la noche.

Cantaba, si la aurora descorría en el Oriente sus rosados velos, si el aljófar al campo descendía, y el sol, urna de oro que se abría, inundaba de luz todos los cielos.

Mas hoy amo la noche, la galana, de dulce majestad, horas tranquilas y solemnes, la nubia soberana, la de espléndida pompa americana: ¡La noche tropical de tus pupilas!

Hoy esquivo del alba los sonrojos, su saeta de oro me maltrata, y el corazón, sin pena y sin enojos, tan sólo ante lo negro de tus ojos como el iris del buho se dilata.

¿Qué encanto hubiera semejante al tuyo, oh, noche mía? ¡Tu beldad me asombra! Yo, que esplendores matutinos huyo, ¡dejo el alma que agite, cual cocuyo, sus alas coruscantes en tu sombra!

Si siempre he de sentir esa mirada fija en mi rostro, poderosa y tierna, ¡adiós, por siempre adiós, rubia alborada! doncella de la veste sonrosada: ¡que reine en mi redor la noche eterna!

¡Oh, noche! Ven a mi llena de encanto; mientras con vuelo miesterioso avanzas, nada más para ti será mi canto, y en los brunos repliegues de tu manto, su cáliz abrirán mis esperanzas!