Algunos susurros en la memoria son voces familiares, sonidos que decrecen en cada latido.
Los labios se desfiguran por un olvido que erosiona las imágenes y hay olas que escarban con uñas transparentes golpeando el vientre de las rocas.
Y los veranos inmensos son parte de barajas que perdieron espadas y bastos en batallas y meriendas.
Ni las tormentas son las mismas ni los segundos desde el rayo hasta el trueno diabólico.
Ni siquiera ya me impresiona el universo de noche al dar la vuelta a la manzana.
Y todo porque nos volvemos ajenos con nuevas lluvias y horizontes, con la consciencia de lo efímero y la dulzura del ensimismamiento.
De “Preparativos para un viaje” 1995