Quedarme en casa, sumergida en los pliegues de las horas, y no esperar a nadie.
Que los ojos escuchen y se olviden del mundo.
Que me arrope el silencio y respire en mi nuca su suave indiferencia.
Que vivir sea esto, sin palabras de aguja ni rodillas de llanto,
con el tiempo desnudo al borde de la cama y mi boca dormida en su tímido beso.
De “Los días gemelos” 1997