A un joven con abanico

A un joven con abanico

Y qué encantadora es tu inexperiencia. Tu mano torpe, fiel perseguidora de una quemante gracia que adivinas en el vaivén penoso del alegre antebrazo. Alguien cose en tu sangre lentejuelas para que atravieses los redondos umbrales del placer y ensayas a la vez desdén y seducción. En ese larvado gesto que aventuras se dibuja tu madre, reclinada en la gris balaustrada del recuerdo. Y tus ojos, atentos al paciente e inolvidable ejemplo, se entrecierran. Y mientras, adorable y peligrosamente, te desvías.

De “Los devaneos de Erato” 1980