Creí que te habías muerto...

Creí que te habías muerto…

Creí que te habías muerto, corazón mío, en Junio. Creí que, definitivamente, te habías muerto: sí, lo creí. Que, después de haber esparcido el revoloteo púrpura de tu desesperación, como una alondra caíste en el alféizar; que te extinguiste como el fulgor atemorizado de un espectro; que como una cuerda tensa te rompiste, con un chasquido seco y terminante. Creí que, acorralado por tus desvaríos, traicionado por los todavías, alcanzado por las evidencias, exhausto, abatido, habías sido derribado al fin. Y contigo, se desvanecieron los engarces entre sentimientos, imágenes, suposiciones y pruebas. Se me fueron abriendo las costuras de la memoria: ya me estaba acostumbrando a vivir sin ti. Pero tus fragmentos estallados se han ido buscando, encontrando, cohesionándose como gotas de mercurio, sin cicatriz ni señal. Y ahí estás, otra vez inocente, sin acusar enmienda ni escarmiento, guiando, dirigiendo, adentrando en ti el peligro, como si fueras invulnerable o sabio, como si, recién nacido apenas, ya fueras capaz de distinguir, en el mellado filo del clavel, la espada