Desvelado el espejo -dosel del costurero saqueado- tantos dones magníficos excesiva duplica. Y, no obstante, sólo tiene su cómplice e incitante señal la madeja encarnada. Oh, tomémosla. Rasguemos las vítolas, las hebras desprendiendo con esmero, y en las tensadas palmas de tus queridas manos laceolados estigmas bordaré diestramente… Tan frágiles cutículas, la sangre al traspasar su rúbrica brillante va prendiendo. Mas si al sedoso hilo la sangre verdadera ha querido emular agolpándose cárdena a su orilla, no te asustes, amor. Pues presurosamente mi estremecida boca a tu herida será vaso propicio. Labios míos temblando, del precioso regalo de tu mano, tiñéndose. Tu sabor penetrando mi inviolada saliva, comulgándome, y el fervor confundido en delirio de besos.