Terminando el rosario a nuestros dormitorios subiremos donde el ángel maligno, que quiere atormentarnos, nos espera. La espalda en la pared, cuidando que las ropas no escondan nuestros ojos mucho tiempo, la fragante franela nos ha vestido al fin. Y sabemos, tras el vuelo fruncido del tibio cubrecama, quién se oculta. Al mínimo ruido en el contiguo cuarto irrumpiremos, entre las tenues sábanas de cruda muselina, anhelantes, buscándonos. Y nos sorprenderán e irremisiblemente seremos castigados, devueltos al horror de las alcobas. Pero, abrázame ahora. Febriles confortémonos que el miedo vendrá, en breve, dispuesto a aniquilarnos.