“Cada palabra es una herida mortal, Debo tener cuidado”. Jorge Díaz
Noche, palabra mía henchida de sucesos. La aflicción, el vacío, la muerte, la tiniebla avivan en tus sílabas sus temores y ansiase Extenuado nombre, fatigada corola, para caer de ti como cansino pétalo, o hundirse en tus confines, abiertos, afilados, beso ardiente, última sensación, locura extrema. Noche, noche, amor mío, ¿es que acaso me atreveré a saltar traspasada de ti hasta la muerte? Lengua: nupcial espada. Apenas te mencione, convocadas estrellas insistirán solícitas mostrando el desvarío de tus ojos vibrátiles. Oh noche, qué incitante, qué turbadora eres; madre y devoradora, acercas tu regazo, y cómo quiero huir, cómo desertar quiero de tus lágrimas ávidas, cómo intento esconderme de tus manos, oh noche, mi tristeza. Y quizá seas la única, la palabra final que todo amor explique. Y el estremecimiento. Y el magnífico instante que ni aun la memoria más fiel y enamorada consiente en repetir. Noche, tristeza mía, todavía es posible que te llame, y me abreve en el láudano amargo que destilan tus letras. Que a tu herida me entregue y a tu abismo, mi tristeza, mi noche, todavía es posible. Oh noche mía, acaso… acaso te amaría.